domingo, 29 de mayo de 2011

MARKETING DE ESTADO: SOBRE EL DESPERTAR CIUDADANO Y LA REPRESIÓN EN BARCELONA

No es el pueblo el que debe ser vigilado, sino el Estado. Ningún ser humano tiene derecho a someter, subyugar ni controlar a ningún otro. Esas prácticas presuponen la ignorancia o sentido de culpa de quien es sometido. Se les suele atribuir a los que detentan el poder cualidades divinas o sabiduría absoluta.
 No son dioses ni sabios, son personas que saben cómo hacer creer a los ciudadanos que son dioses o sabios. Y lo hace  mediante unas elaboradas técnicas de marketing  que pueden llegar a  legitimar incluso hasta el racismo, la xenofobia, el sexismo o la represión violenta, como está sucediendo estos días en la Plaça de Catalunya de Barcelona. Saldrán airosos, como siempre, porque escribirán un guión efectista que dividirá a la población en dos bandos enfrentados justo en el momento en el que se iban a unir para combatir las injusticias de un Estado que tiende –siempre lo hace-  al absolutismo. Y en esa sociedad dividida encontrará como siempre su alimento y sostén.  ¡En manos de quién estamos! No queremos que el futuro dependa de las fluctuaciones de la bolsa.
No somos ovejas. No somos masa. No somos votantes. No somos de derechas o de izquierdas. No somos ricos ni pobres, ni de tal a cual clase. No somos de aquí ni de allí. Somos seres humanos primero, y después lo que cada uno quiera ser. La tierra es nuestro hogar y plantaremos nuestras semillas  donde queramos. Ningún político tiene nuestro consentimiento a dar su consentimiento sobre nuestras acciones.
Las elecciones no deberían ser un concurso de televisión, aunque tenga una pegadiza sintonía musical, una cuidada escenografía a juego con los colores de moda y un presentador o presentadora divertido o locuaz. Nosotros lo sabemos.  Basta de mercadear con nuestras emociones.  Ya es hora de que los políticos sepan que lo sabemos.  El marketing es la lacra de nuestra sociedad, porque debajo de ello no hay nada, pero nos engulle a todos.
Jaume Carreras

jueves, 26 de mayo de 2011

VINDICACIÓN DE FEDERICO GARCÍA LORCA

Un día sus destinos de cruzaron. El de Lorca y el de su tierra.  Fue tan solo un instante,  unos años para él, unos segundos para ella. Pero ambos se enamoraron al coincidir el cuerpo del hombre y la sombra dibujada en la hacienda. Lorca decidió cantar su genio, y ella le dio voz para su épica. No la decepcionó. Se erigió en poeta de sus ancestros, de los pobladores de la Iberia vieja, proyectando un canto hondo con sus voces rotas. ¡Canta hondo Lorca, hasta el mismo vientre de la tierra!, para que expulse con su lava las cenizas de las miserias.  !Purga la tierra con tus coplas!, gritaron. Y en un ara puso a su amada pero sangrientas fueron sus bodas. Mocedades terminadas antes de germinar el poema.

Desde lejos te lloramos para que con nuestros quejíos puedas, donde estés, terminar el poema.
Jaume Carreras

domingo, 24 de abril de 2011

HABITACION DE HOTEL

Jan cruzó el umbral de la puerta de la habitación como el que atraviesa la frontera que separa la tierra de los vivos de la de los muertos, y sin soltar la maleta, se dirigió a la ventana, cautivado por la imagen del paisaje que alguna musa parecía haber pintado para que él, en ese preciso momento, pudiera liberarse de sus contradicciones !Cuánta verdad hay ahí fuera¡ Cuanta mentira aquí dentro. Y con aquí dentro no se refería a la pequeña habitación del hotel, que por carecer de alma carecía de la posibilidad de sentir remordimiento, y por tanto de mentir. Jan se refería a su pecho. Cuánta mentira hay en mi pecho que oprime las vertebras y no me deja respirar.
Desde allí Jan se vio a sí mismo caminando entre las tumbas del viejo cementerio, respirando el mismo aire que los gusanos. Se sentó en una losa envuelta en hiedra, y pensó en aquello en lo que hasta aquel día nunca antes le había perturbado. Conocía el quinto mandamiento, pues había sido educado según los preceptos cristianos.  Comprendía perfectamente el sentido de la oración “no matarás”. Nunca la gramática litúrgica le había sido ajena. Su vida había estado regida desde el principio por el imperativo, como a todos los chicos de su generación. Jan, pensaba entonces, no podría alegar ignorancia. Y en ese instante cayó en la cuenta de que no era un ser inmoral, pues no había disfrutado arrancando la vida a aquellos cuerpos, como sí lo habían hecho otros de sus compañeros. Simplemente no había sentido nada. ¿Era entonces amoral, como los animales?
No, el no era como los animales, pues no lo había hecho para sobrevivir. Tampoco ninguna pasión humana le había impulsado ciegamente a ello. No era por celos ni por envidia, como le ocurrió a Caín. Ni había tenido la sed de venganza  de Orestes. Aquello no había obedecido a un instinto primario, como el que come para saciar el hambre. Ni siquiera lo hizo por superstición. Entonces Jan se sintió derrotado, porque mientras los demás tenían una excusa, aunque fuera la más deleznable de las ignominias, él no tenía ninguna. Recordaba muy bien el rostro de sus compañeros. En ellos había rastros arqueológicos, las muecas del ser más primitivo y sádico que debió poblar la tierra miles de años atrás. Vestidos con trajes de seda, nunca la cultura había sin embargo llegado a traspasar la epidermis.  Esos hombres eran distintos a él.
Él si era un hombre cultivado, incluso refinado y sensible en cuestiones de arte, literatura o música. Había llorado contemplando el Éxtasis de Santa Teresa de Bernini en su fugaz pero intenso viaje de juventud a Roma. Su piel se erizaba cuando escuchaba las sonatas de Bach, y se sentía conmovido por los versos de Dante cada vez que los releía. Era entonces un hombre sensible, capaz de sentir, de apreciar los matices de la vida y disfrutar de ellos. Eso era lo que más le perturbaba.
Quizá Dios insufló el mal en los corazones de esos hombres para que el bien brillara sobre la mediocridad que es la norma del mundo. Pero de él Dios se había olvidado. Lo había dejado al margen de sus planes. Por eso era hora de encerrarse en aquella habitación de hotel…
Fragmento de Sobrevivir en la nada
de Jaume Carreras

sábado, 2 de abril de 2011

OXÍGENO

RELATO
Pocos recuerdan cómo eran las cosas antes del suceso. Sólo los más ancianos rememoran en sus conversaciones taciturnas, como el que habla de la Arcadia, aquel paisaje celeste antes de que el azul cediera su hegemonía al color óxido; antes de que las esponjosas y blancas nubes dejaran su lugar a las viscosas burbujas que llenaban ahora la atmósfera, amenazando las leyes estéticas escritas antiguamente por madre naturaleza,  y que de vez en cuando soltaban esa sustancia hectoplasmática que se precipitaba sobre las cabezas de los transeúntes despistados. La gente del lugar, siempre proclive a la lírica mística, se refería al suceso como la “Caída del cielo”, en clara alusión al último volumen del libro sagrado. El gobierno, más pragmático y menos supersticioso, lo llamaba “El agotamiento del oxígeno”.  Desde entonces nadie se atrevía a salir de su casa sin la máscara que le permitía respirar. Pues, según rezaban las advertencias, en cuanto alguien inhalara lo que fuera que había sustituido al oxígeno, moriría en menos de treinta segundos. Al principio una corporación altruista distribuyó máscaras de forma gratuita a toda la población. Good Inc había evitado la muerte de millones de personas y por ello su presidente fue canonizado en vida por las autoridades eclesiásticas, ceremonia retransmitida en todo el mundo por la televisión por cable, y que el mismísmio Napoleón hubiera envidiado por lo suntuoso del asunto. Al cabo de un tiempo la compañía, en una acción coordinada con el gobierno, y tras minuciosos estudios de control realizadas por científicos con batas de radiante blanco, que sospechosamente hacían juego con su perfecta dentadura, también de un blanco deslumbrante, más propia del que se juega su sustento delante de las cámaras que del que lo hace detrás de matraces ,  anunció que las máscaras tenían fecha de caducidad y que deberían ser sustituidas por otras más sofisticadas en las que habían estado trabajando. Esta vez había que pagarlas, pero su precio no era demasiado alto teniendo en cuenta que era la vida lo que estaba en juego, así que el mismo día del anuncio se agotaron. Al cabo de un año, otro anuncio irrumpió en las casas de todos los habitantes del planeta a través de la omnipresente pantalla del televisor. Las máscaras que habían adquirido hacía tan solo un año habían quedado obsoletas. Había que comprar otras aún más resistentes.  Se hacía difícil creer que el hombre había podido viajar hasta la luna  pero no podía hacer algo tan simple como una máscara perenne, una que durara toda la vida. Pero como Good Inc tenía crédito de sobra entre la población, pues había salvado a la humanidad el día de la “Caída”, nadie cuestionó su honestidad e implicación, a pesar de que el precio de las máscaras se había cuadriplicado. Como Good Inc era tan solidaria, creó inmediatamente un banco para que  aquellos que no podían pagar la máscara pudieran obtener un crédito para hacerlo. Nadie quería quedarse sin su máscara, aunque algunos, aquellos que no tenían un trabajo estable y no podían por ello aspirar al préstamo,  tuvieron que contentarse con compartir su máscara con otros. Era esta una práctica arriesgada, pero era la única manera de sobrevivir. Mientras uno retenía el aire en sus pulmones, el otro respiraba el oxígeno de la máscara. Si eran sólo dos los que la compartían no suponía un problema. Pero la cuestión se hacía más grave en cuanto aumentaba el número de personas. Había casos en que la máscara era compartida por diez individuos. Y no era rara la vez en que alguien moría por asfixia al contener el aire más tiempo del que sus pulmones le permitían antes de que le llegara su turno.  Con el tiempo la gente se fue acostumbrando a vivir de esa forma. Pero las máscaras fueron aumentando su precio año tras año y la noticia de la máscara definitiva no llegaba. El precio llegó a subir tanto que ya casi nadie podría hacer frente a sus deudas con el banco, y el sistema económico se colapsó. Confiando en la buena fe de las personas, y más en la del presidente de Good Inc, pues era un santo oficial, un ciudadano decidió que era el momento de reunirse con él para encontrar una solución que propiciara la bajada de precios de las máscaras. Tras meses de papeleo y horas enteras escuchando el hilo musical de espera cada vez que llamaba para conseguir audiencia, logró la anhelada entrevista. Al llegar a las instalaciones, y después de ponerse la correspondiente acreditación de visitante en la solapa,  le fueron mostradas las asépticas pero espectaculares instalaciones. Todo era alta tecnología, limpio y salubre como el mejor de los laboratorios.  No escaseaban los científicos haciendo sofisticadas pruebas con líquidos de colores que subían y bajaban en enormes matraces e imposibles probetas. No obstante, entre toda aquella escenografía más propia de un parque de atracciones que de un laboratorio, descubrió en un rincón una puerta medio abierta. Como era humano, la curiosidad movió sus pies hacia ella. La oscuridad estaba moteada por las blancas corneas de decenas de ojos que le miraban. Eran los ojos de niños que con sus manos ensamblaban las partes de que se componían las máscaras. Pero una oportuna mano cerró de golpe la puerta antes de que su cerbero pudiera sacar ninguna conclusión. La visita continuó con toda normalidad hasta que llegaron al despacho del presidente.  El ciudadano se sentó en una cómoda butaca y expuso al presidente los inconvenientes de los altos precios de las máscaras. Éste le contestó, desde su escritorio de marfil con incrustaciones de diamantes,  que era imposible bajar el precio porque el coste de producción era muy alto, pues  tal como había podido ver en la visita, se utilizaba tecnología de última generación. El presidente, no obstante, había pensado, como buen samaritano que era, en el problema y había elaborado una lista de medidas  que los ciudadanos deberían adoptar para poder hacer frente a la situación.  El ciudadano la cogió y la empezó a leer: - punto uno, el trabajador deberá aumentar su jornada laboral de ocho a dieciséis horas e incrementar así sus ingresos para hacer frente a las deudas contraídas con el banco; punto dos, eliminar la jubilación. Nadie que esté vivo debe nunca dejar de trabajar, e incluso puede hacerlo desde su tumba a través de sus hijos y nietos. Otras medidas, suprimir las vacaciones; no gastar en nada que no sea vital para la supervivencia; eliminar la cultura y el ocio en todas sus formas y expresiones, distraen y hacen perder el tiempo…  El ciudadano dejó de leer.  “Mire usted,” le dijo “esto es inadmisible, y como señal de protesta voy a acabar con mi vida aquí, en su despacho, para que los medios de comunicación lo difundan por todo el mundo.” El ciudadano se quitó la máscara y empezó a contar: 27, 28, 29, 30 y…., no ocurrió nada.  “Bien, ahora ya lo sabe” dijo el presidente de Good Inc, “no hay ningún problema con el aire, es cierto… pero ya avisé que quitarse la máscara provocaría la muerte instantánea”. Sacó una pistola de un cajón y disparó a la cabeza del ciudadano, manchando de sangre la alfombra persa que recubría el suelo de la habitación. Allí terminó todo. Esa fue la primera pero también la última vez que alguien cuestionó la santidad de Good Inc. Y todo continuó de la misma forma por los siglos de los siglos.

viernes, 11 de marzo de 2011

PRESENTACIÓN DE AJDA Y LA NOSTALGIA DE JAUME CARRERAS


El próximo martes 15 de marzo se presenta el libro AJDA Y LA NOSTALGIA de Jaume Carreras, que inaugura la colección Ínsulas de la editorial ECI y que ésta acaba de publicar. La presentación tendrá lugar en la Sala Tecla de L'Hospitalet (C/Josep Tarradelles i Joan, 44) a la 19:30. Por supuesto, estáis todos invitados.


viernes, 25 de febrero de 2011

LA FRONTERA. Video-relato

Un relato de Jaume Carreras
Ilustraciones: Daniel Mateo
Voz de Xavi Siles
Música original: Jaume Carreras
Sonido: Marc Solà
Estudio de sonido: Soiart

jueves, 17 de febrero de 2011

LA SOMBRA

Relato

Yo nunca he tenido sombra. Aunque parezca extraño el sol no proyecta mi forma, ese contorno que me separa del fondo. Los rayos del sol atraviesan indiferentes mi cuerpo como si éste careciera de la sustancia necesaria como para que mi sombra se defina sobre el cemento.  Al principio no le daba importancia. Pensaba que con el tiempo, si caminaba mucho bajo el sol, acabaría por aparecer, por el mismo efecto de exposición de una película fotográfica. Pero ya, a medio camino de la vida, y a pesar de haber recorrido todas las calles hasta desgastarlas, aún no tengo sombra. A algunos les puede parecer este un hecho sin importancia. Al fin y al cabo, ¿qué función tiene la sombra?  No es una cuestión de funcionalidad, sino de visibilidad. Simplemente, a los que tienen sombra se les ve más porque ocupan más espacio en el mundo.
A veces me siento en un banco del parque a contemplar con envidia las sombras de los demás. Las hay de todas las formas. Incluso  he llegado a ver algunas que mientras sus dueños se ocupan de un asunto, ellas de ocupan de otro. Y entonces especulo sobre cómo sería la mía si la tuviera. Me gustaría tener una de esas sombras finas y alargadas, una de esas capaces de doblar una esquina por sí sola, de una oscuridad densa, para que cuando la pisen no se disuelva. Pero cuanto más se desgasta el asfalto por la erosión que provocan mis pasos, más lo hace también la esperanza.  ¡Hasta los perros tienen sombra!
Últimamente ya sólo salgo de noche, evitando exponerme a la luz de las farolas, para no sentirme diferente. A veces incluso consigo engañar a mi ego cuando al mediodía, justo cuando el sol alcanza su cénit, salgo a caminar entre la gente, para sentir, aunque sea sólo durante un instante, que los demás pueden llegar a ser como yo, esto es, nada. Aunque cuando el sol rompe la vertical, aparezcan de nuevo las sombras, todas menos la mía.
Pero hoy ha ocurrido algo. Al doblar la esquina de una calle cualquiera se me ha pegado una sombra. ¡Cómo es posible! Era una sombra hermosa, no tan alargada como la que había imaginado en mis sueños, pero era lo suficientemente grande como ocupar un buen espacio en la acera. He dado un paso hacia adelante y ella, sin dudarlo, me ha seguido. Orgulloso, he caminado entre la gente, y mientras yo saludaba a los transeúntes con la cabeza erguida por primera vez en mi vida, mi sombra hacía lo propio con las sombras de los demás. Se conoce que es una sombra educada. Mi sombra me ha obedecido en todo, ha hecho  todo lo que le he dicho en todo momento. No obstante, hay algo que me inquieta. A pesar de estar pegada a mí, y de imitar todos mis movimientos, algo me dice que esta no me pertenece. No he querido obsesionarme, pero no acabo de reconocer a mi sombra como a mi prolongación. Me he dicho a mí mismo que debe ser una cuestión de falta de práctica, y que ya me acostumbraré. Incluso he intentado hablar con ella, aunque como es lógico no me ha respondido. ¡Las sombras no hablan! Sin darle más vueltas, he seguido caminando, exhibiéndola por toda la ciudad, para que todas la vieran y pudieran decir “qué sombra tan bonita” Pero cuando ya me disponía a entrar en mi portal  he notado como una mano se posaba en mi hombro. “Disculpe señor“ -me dice un desconocido-,” pero lleva usted mi sombra pegada a su cuerpo. Se me ha caído esta mañana y llevo todo el día buscándola”-. Inmediatamente se la he devuelto con las debidas disculpas. Y así he visto cómo la sombra se alejaba de mí pegada a otro. Debería estar triste, pero no lo estoy. Si digo la verdad, tampoco he sido más feliz mientras tenía sombra. Mi vida era exactamente igual que cuando no la tenía, pero además me he dado cuenta de que cuesta mucho trabajo mantenerla. Hay que alimentarla, mimarla, y estar muy pendiente del ella para que no se borre. ¡Las sombras no viven del aire! Así que he decidió dejar de preocuparme por no tener una sombra para hacerlo por lo que de verdad importa.
Jaume Carreras

domingo, 6 de febrero de 2011

UN CUERPO DE PALABRAS: la democracia vacía

Si me cuerpo está hecho de palabras, no puedo comprar una que rellene el vacío que existe entre una y otra de las que me configuran. Para que una palabra me componga tengo que encontrarla, tirada quizá en las aceras, o que se desprenda de un amanecer, o que caiga mezclada con la lluvia, o que algún desconocido la suelte cuando yo miro hacia otro lado. Las palabras no se compran. Porque nada que se pueda pagar con dinero aumenta ni un gramo el peso de mi felicidad.  Esas palabras son mi casa. Con ellas me muevo, o más bien son ellas las que me mueven a mí, porque por mucho que lo intente, no consigo domesticarlas.  Esas palabras tienen sus reglas. De la misma forma que crearon a los dioses, desarrollaron al tiempo su propia ley.  Y si alguien la traiciona, las palabras se marchan a otro lugar, abandonan  el cuerpo quizá para habitar otro, dejando la carnal arquitectura del hombre sin la piel que le aísla de la mentira. Porque el hombre ignora que las palabras también mueren.  Cuando no se cree en ellas otras ocupan su lugar. Dejamos de ser ”niños” cuando perdemos la “inocencia”. Dejamos de ser “jóvenes” cuando perdemos las “ilusiones”. Dejamos de ser hombres cuando perdemos la “dignidad”. Cada mentira sustituye a una verdad, como el “miedo” cercena la “libertad”. La democracia está vacía porque las palabras que la definieron en su origen, aquellas que inspiraron tantos poemas bellos, se han marchado a otro lugar. La pregunta ahora es ¿a quién estamos dejando que la llene?

Por Jaume Carreras

domingo, 30 de enero de 2011

LA REALIDAD: sobre la Revolución en el Magreb

La realidad está hecha de todas las realidades posibles.  Cada uno de nosotros vivimos la nuestra, tejida con los hilos que nos une a nuestro entorno más inmediato, un entorno hecho de personas, lugares, mitos,  tradiciones y creencias que permiten nuestra supervivencia individual dentro de una sociedad determinada. Ese espacio tiene zonas comunes, que transitan nuestros vecinos sentimentales: familia, amigos, amantes, compañeros de trabajo, profesores, …, todos aquellos con los que tratamos en nuestra cotidianidad. Esa realidad es valiosa para nosotros, pero es más valiosa aún para los vecinos intrusos que, simulando ser nuestros amigos, intentan ganar, con su lenguaje amable y cercano, ese espacio para ellos. Hablo de gobiernos, confesiones religiosas, corporaciones empresariales, bancos y medios de comunicación, que  entran cada día en nuestro espacio vital para sembrar sus semillas y recoger luego el fruto en forma de votos o pagos con tarjeta de crédito.
Se cumplen ahora todos los requisitos para la gran revolución social: hemos tocado fondo, y esas supraentidades han levantado levemente el pie de nuestros pescuezos, al ver que iban a ahogar a la gallina de los huevos de oro, con promesas de cambio, con la intención de que nuestra realidad se ajuste mejor a la que ellos han pergeñado sin que percibamos el engaño. Pero no nos engañemos. El mundo en el que vivimos no es el mismo en el que vivían los Danton y Robespierre  de la Revolución Francesa o los Lenin de la Revolución contra los zares. Estamos mejor comunicados que nunca, esto es cierto, pero también lo están los gobiernos, que no van a permitir los levantamientos en contra del Orden establecido por ellos, en nombre de esa “Paz Mundial”, que más parece el título de una película de Hollywood que una realidad. Hay algo que está por encima de esa paz, algo sin la cual la paz se convierte en una falacia. Esto es, la justicia. Pero la justicia no cotiza en bolsa.  
Jaume Carreras

martes, 25 de enero de 2011

EN UN LUGAR DE LA MANCHA

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco, y galgo corredor. Había nacido en ese lugar entre las tierras del Norte y las tierras del Sur, el día que la corneja solitaria creaba surcos en el cielo, desplegando sus alas, altiva y orgullosa de su libertad.  Ese día la corneja levitaba desorientada en la inmensidad, lejos del grupo de compañeras que la habían dejado atrás cuando de repente un rayo de sol penetró las espesas nubes para revelarle un espacio donde descansar. Y en esa rudimentaria chimenea que el sol había iluminado se posó a contemplar el agreste paisaje, mientras respiraba el hogareño humo de la chimenea que se mezclaba con las partículas de agua que el viento le arrancaba al río. La chimenea pertenecía a una triste cabaña de madera. Y de esa cabaña, rodeada por la más densa soledad del paisaje manchego, emergió un grito de mujer que detuvo el tiempo. Y después de un breve pero absoluto silencio, el llanto de un recién nacido que contenía el principio vital del ser humano.
En la rivera del río cada día miles de seres veían el sol por primera vez, y otros tantos dejaban de hacerlo. Aquel lugar contenía tanta vida que se desborda, al igual que se desbordan las lágrimas del recién nacido. En aquel niño cada sentido fue despertando del sueño en el que había estado sumergido durante la eternidad que precedía al nacimiento y al que regresaría después de esa breve pausa que es la vida. En ese instante, que abarca la vida un hombre, los sentidos, esas ventanas por las que penetra el mundo, nos permiten experimentar el placer y el sufrimiento. La vida se compone de experiencias que a veces uno no puede comprender. Y aunque ponga todo su empeño en ello permanecen oscuras a la mente. Pero en aquel recién nacido ningún sentido prevalecía sobre los demás. Sentía las cosas en todas sus dimensiones. Todos los sentidos despertaron juntos, lo que le proporcionaría momentos de éxtasis, pero que inexorablemente minaría su cordura. Pues si es grande el placer, aun mayor es el dolor. Y en el dolor las personas enloquecen.
Los primeros años de su vida los pasó conversando con la naturaleza que lo abrazaba. Ella le contaba sus secretos. Y el niño aprendió a apreciar toda la belleza que en ella estaba contenida. Se pasaba horas contemplando el vuelo de las aves, la danza perfecta en la que el elevado ballet ejecuta con sorprendente precisión bellos movimientos que



no han sido ensayados antes. De cada flor aprendió el infinito orden cromático del mundo. Ningún color le fue desde entonces ajeno. Las piedras le mostraban formas imposibles, mientras la música del paisaje penetraba en su oído, como una compleja sinfonía que el viento modulaba a su antojo. Cada árbol se convertía en una caja resonante, y cada grillo aportaba su voz solista a tan sofisticado concierto. Hasta que un día aquel paisaje se desvaneció. Dejó de escuchar aquella música celestial. El río había dejado de fluir, y entendió que también su vida. Alguien había eliminado el paisaje, aquél bello lugar de la Mancha, cuyo nombre desapareció del mapa en un simple parpadeo. Pues ni una cabaña ni un niño podrían existir en el vertedero, aquel monumento ajeno a lo natural erigido por el hombre en nombre del progreso, que en su lugar se había instalado. El niño lo intentó, con sus abultados sentidos quiso comprender aquél lugar, pero aunque se riegue la tierra con delicados perfumes el olor de la podredumbre siempre permanece. Así que aquel niño se borró también del paisaje, y con sus padres se trasladó a otro lugar de la Mancha, que no era ni lugar ni de la Mancha, pues ni tenía paisaje ni se oía la música de los alcornoques. Era la ciudad del metal, en la que los hombres, ciegos todos ellos, se movían al son del tintinear de las monedas. El niño empezó a ir a la escuela, pero nada le contaban sobre los colores de las flores, ni de la vida de los añejos árboles. No se oía el río desde la escuela, por lo que andaba todo el tiempo desorientado. Y cuando la campana tañía, salía en busca de sus anhelados amigos, pero éstos también habían desparecido. Aunque el niño no se rindió y  decidió ir en busca del paisaje perdido. Y con un caballo de cartón, que el mismo construyó con sus  propias manos, salió en busca de aventuras. Navegó por aquellas calles de cemento, a lomos de su acartonado corcel, con una épica exaltada y sus ojos puestos en el horizonte. Pero nadie que a su paso encontraba fue capaz siquiera de dedicarle una triste mirada. Tan solo un perro sarnoso que hurgaba en la basura con la ilusión que el estómago crea, se encaprichó del niño y lo siguió cual fiel compañero hasta los confines de aquella inhumana ciudad. Desde allí, aquel joven hidalgo contempló unos segundos cómo el sol era engullido por las altas chimeneas que en nada se parecían a la de su cabaña. Así, sin apenas esperanza, el niño deshizo el camino que hasta allí le había llevado, acompañado, eso sí, de su canino amigo. Al doblar la



esquina, y con las esperanzas renovadas por la inquietud de saber lo que al otro lado podría hallar, otros niños, algo mayores lo detuvieron. No entendieron la poética imagen que ante ellos se presentaba, y lanzaron al niño al suelo. Cogieron el caballo y le dieron una paliza ante la atemorizada mirada de su perro, que salió con el rabo entre las piernas antes de ver el final de la escena. Sin perro y sin caballo, y con una pierna rota, se arrastró como pudo por el lodazal que una intensa lluvia había formado en un instante, mientras intentaba recordar quién era. Al doblar la esquina se encontró con su corcel, roto en cuatro cuartos. Pero ni rastro del perro. Se encaminó a su casa como pudo, agarrándose a las paredes y casi a tientas por la ceguera que le causaba el hinchazón del ojo. Pero el niño no se rindió. Volvió a construir un caballo exactamente igual al anterior, y salió, esta vez lanza en mano, con el propósito de conquistar, esta vez sí, aquel indómito lugar. Recorrió de nuevo la ciudad hasta que se encontró con un sonriente hombre. Este le preguntó amablemente  hacia donde se dirigía con tanta prestancia y decisión, y el niño le contó su historia. El hombre le contó que él sabía dónde se hallaba aquel lugar de la Mancha y el niño le siguió con el pecho henchido y con el recobrado brillo en sus ojos. Pero aquel hombre lo llevó hasta un callejón, lejos de la luz y de lo humano, y lo sometió a su lascivo e ignominiosos ímpetu. Tendido en el suelo, sus lágrimas mezcladas con la vergüenza anegaron el callejón, creando riachuelos de dolor que se filtraron por la alcantarilla. Años pasaron hasta que el niño volviera a pisar la calle. Abandonado el caballo y la lanza, se deshizo de la esperanza. Hasta que un día, más por azar que por voluntad, salió al rellano de su casa. Y a sus espaldas oyó un angelical susurro. Se dio la vuelta y vio algo que sobresaltó su corazón. Nunca antes había contemplado tanta belleza concentrada en tan poco espacio. Y en ese momento su mente rescató aquél lugar de la Mancha cuya imagen parecía ya borrado del recuerdo. Frente a él, una mujer. Olía a las rosas de su infancia, y en su pelo se hallaba toda la gama de colores de los campos pretéritos. El paisaje infantil se había mudado a su edificio y tenía forma de mujer. Cuando ya la esperanza se encontraba perdida, y la naturaleza parecía un sueño lejano, aquél niño, que hacia tiempo había dejado de serlo, le dio otra oportunidad a la vida. Y aquél hermoso día, de rutilante luz y cielo despejado, una corneja se posó en su tejado. Había vuelto a su hogar.

De Jaume Carreras

sábado, 20 de noviembre de 2010

EL SEÑOR LÓPEZ Y LOS POETAS ASESINOS (Fragmento)


Como cada mañana el señor López, armado con su carcomido bastón y su raído bombín negro, que sólo se quitaba para dormir- según aseguraban las malas lenguas-, se dirigía a  su modesto despacho de la calle Luna. Para ello debía subir por toda la Gran Vía desde la calle Alcalá, y como gustaba de llegar bien temprano al tajo, antes incluso de que asomara el sol, se cruzaba con los últimos tertulianos de los clandestinos cafés que, con más alcohol que sangre en sus venas, le saludaban procurando no darse de bruces con alguna farola que había tenido el capricho de pararse en medio de su camino. 
El señor López tenía siempre trabajo que despachar antes de que algún cliente llamara a su puerta para hacerle alguno de esos comprometidos encargos que solo él sabía llevar a cabo con la debida discreción y con resultados garantizados. El señor López era él y su reputación, que se pegaba a su persona como su sombra, por ese motivo si no resolvía el caso no aceptaba el pago.
Pero aquella mañana intuyó, al ver la negra silueta de un hombre encorvado apoyado en la puerta de su despacho, envuelto en una nube de humo, que algo iba a alterar su rutina. Al acercarse, aquella silueta tomó prestado un rostro humano que enseguida reconoció.
         -Don Pío, ¿cómo usted por aquí, es que ha ocurrido algo?
Todo el mundo en la ciudad conocía al señor Baroja, o Don Pío, como solían llamarlo los que le trataban. Aunque no hubiera muchos admiradores de su carácter, su prestigio como literato era incluso mayor que el del señor López en su profesión.
-          Pues ya ve usted, señor López, ha habido un asesinato.
-          Alguien conocido, deduzco de su tempranera visita, aunque no demasiado cercano a usted, por la falta de afectación con la que me habla.
-          Deduce usted bien señor López, aunque lo de la cercanía es muy relativo en este caso. No era cercano  en el sentido consanguíneo, ni tampoco en el sentido filosófico o ni siquiera empático, pero sí lo era en el sentido literal en el momento de su muerte, pues murió sentado en una silla que se hallaba al lado de otra silla en la que yo hacía lo propio exactamente en el mismo momento.  Así que, si se puede decir que no fue cercano en vida, si lo fue en su muerte, aunque no fuera más que por la corta distancia que nos separaba en el momento en que ocurrió.
-          ¿Y de quién se trata, si se puede saber? 
-          De Don Miguel.
-          ¿No se referirá usted al señor de Unamuno?
-          No otro sino él.
-          Pero esto es una desgracia.
-          Según se mire, señor López, según se mire.
-          ¿Y qué ha dicho la policía?
-          La policía no lo tiene claro aún, lo van a investigar.
-          ¿Y entonces, por qué ha venido usted a visitarme?
-          Porque sé quien le ha matado, pero no puedo decírselo a la policía.
-          ¿Y se puede saber quién es el asesino?
      Don Pío clavó sus ojos en los del señor López mientras daba lumbre al cigarrillo apagado que sostenían sus labios desde hacía ya un rato, introduciendo así la pausa dramática que tanto conviene a una noticia de tal naturaleza, pues Don Pío es tan artista en su obra como en su vida. Dió un paso en dirección a su atento oyente y sueltó un nombre que se confundió con el sonido del aire:  
-          Don Juan Ramón Jiménez.
-          ¿Juan Ramón Jimenez?
-          Shhh, no chille, el asunto es delicado.
-          ¿Y cómo ha sido eso?
-          Pues ya ve usted, nunca se conocen los verdaderos motivos…
-          No, quiero decir que cómo le ha matado.
-          Con un poema.
-          Pero lo que usted dice no tiene sentido. No se puede matar a nadie con un poema.
-          Yo le demostraré que sí se puede.

CONTINUARÁ
             
            Jaume Carreras
 Este fragmento pertenece a la novela corta “El señor López y los poetas asesinos” de Jaume Carreras.

viernes, 5 de noviembre de 2010

EL HILO DE ARIADNA (parte 2)

  Hoy tu madre y yo te hemos sacado de paseo por el parque para que te vayas ya familiarizando con los lugares que vas a frecuentar cuando nazcas. Está lleno de árboles a los que se les están empezando a caer las hojas, ya muy secas después de un caluroso verano. Quizá esos árboles te puedan parecer ahora poco simpáticos, pues solo se presentan ante ti en su rudimento esquelético, como gatos esquilmados o perros famélicos.  Eso no debe desalentarte. Para cuando tú llegues, el invierno ya habrá cedido su cruda hegemonía estacional a la benigna primavera, y el panorama será bien distinto. No te lo esperas. La naturaleza, en esa época, escenifica un auténtico espectáculo de luces y sombras, como un amanecer eterno en el que intervienen todos los seres del planeta, dirigidos por la omnisciente mano del dios sol, que desde su lejana cuna nos inunda de su antigua sabiduría. Sé lo que piensas. Con lo poco que queda para que llegue el momento y lo mucho que queda por hacer. Sí, aún está todo patas arriba, pero mientras tú estás ahí dentro, en un perpetuo verano, aquí ya han empezado secretamente los ensayos. Pues cada hoja que cae, al penetrar la tierra, se convertirá en una semilla que renovará la esperanza del universo.  No debes preocuparte, todo saldrá a la perfección, hace ya muchos años que se repite la ceremonia y, aunque con prisas y nervios de última hora, siempre sale bien.
Jaume Carreras
Este fragmento pertenece a Trilogía de la Nostalgia.

sábado, 23 de octubre de 2010

EL RÍO

Cada mañana, antes que salga el sol, Kun’g va a buscar agua al río. Aunque hay un pozo en su poblado prefiere andar las tres millas que le separan del río porque según él, la corriente se lleva sus penas y renueva así cada día su espíritu. Sus padres no comprenden muy bien lo que quieren decir esas palabras, pues a sus ojos Kun’g  no tiene ningún motivo para apenarse. Kun’g  es joven, apuesto, trabajador y tiene toda la vida por delante. Con esas cualidades, dicen sus padres, nadie debería sentirse afligido.  Pero Kun’g  sabe muy bien de lo que habla, pues aunque es alto y fuerte como un baobab, su cuerpo se estremece hasta reducirse a una milésima parte  de lo que es cuando llega a l río y ve a una joven en la orilla opuesta que, siempre a la misma hora, coge agua del río en su tinaja de bronce para desparecer con ella entre la hilera de árboles que forman un lejano horizonte. Pero hay un momento, el instante en que sus miradas se cruzan,  en que la naturaleza se confabula con los dioses para ofrecer un espectáculo digno de un rey de la sabana, orquestando un ritual de una belleza que detiene el tiempo para que los sentidos  no se vean turbados por el fluir de las cosas.  El sol emerge de lo más profundo de la sabana para recortar la silueta de la joven e iluminar un rostro aún no allanado por las impurezas que va destilando la vida con el tiempo,  pues su piel parece más de otro mundo que de éste. En sus ojos queda Kun’g  atrapado perdiendo la noción de vida y de tiempo, hasta que la joven desparece. Su figura se mezcla con la de las nubes, aunque Kun’g  la distingue entre ellas incluso cuando ya no está. Después, vuelve Kun’g  a su poblado como si otra persona hubiera entrado en su cuerpo y hubiera puesto patas arriba sus vísceras.  Tal es su turbación al regresar que más de una vez lo hecho con la tinaja vacía. Pero eso no importa a Kun’g  pues su alma ya ha saciado su sed para lo que queda de día.
Kun’g  nunca ha faltado a su cita con la muchacha, pero aún no ha llegado el día en que se atreva a decirle una sola palabra. Kun’g  duda cuando la tiene delante, aunque haya ensayado miles de veces la escena, pues postrado ante tal belleza se cree indigno de ella. Pero lo cierto es que la joven tampoco  ha faltado nunca a esa furtiva cita dominada siempre por un profundo silencio. Los días se suceden. Pero en la sabana el tiempo se complace tanto en el sosiego del paisaje que se ha olvidado de las estaciones.  Pase lo que pase cada mañana Kun’g  se pone la tinaja sobre el hombro y se dirige hacia río. Pero en las últimas semanas Kun’g  ha caído preso de las fiebres. Y aunque intenta ponerse en pie desafiando con altivez y orgullo a la enfermedad, la debilidad aplasta inexorablemente su cuerpo contra el lecho.
Ya han pasado unas semanas y Kun’g  empieza a recuperarse. Sin pensárselo, aún envuelto en la oscuridad de la noche,  se pone la tinaja al hombro y se dirige a toda prisa hacia el río. Anda las tres millas como si le persiguiera un diablo de la sabana para ganarle tiempo al sol. Hasta que llega a su  orilla, como ha hecho todos los días de su vida, y se sienta a esperar a que la joven disperse con el contorneo de su cuerpo la niebla que se forma durante la noche.  Pero no es la chica la que aparece de entre la bruma sino una anciana que carga con sus arrugas como carga con la tinaja de bronce.
Por primera el río escucha la voz de  Kun’g:
           -Disculpa anciana, ¿podrías decirme dónde está la joven que cada día baja al río para llevar el agua?
- ¿A caso no me reconoces? –dice la anciana.
- ¿Es que te he visto antes? -contesta Kun'g
- Todos los días de tu vida, aquí en el río.
- Eso no es cierto, anciana. A quien he visto yo en el río es a la muchacha que robó mi corazón el primer día que nuestras miradas se cruzaron. Desde entonces no he dejado de acudir para que me lo devuelva,  pues nada he amado en la tierra tanto como la he amado a ella.
-Ha pasado mucho tiempo desde aquél primer día. ¿Y ahora me lo dices? Aunque no me reconozcas, yo soy la muchacha que ha caminado cada mañana hasta el río, con los pies descalzos por la árida sabana para verte, sin faltar jamás a la cita.
- No te creo, pues tu cara está llena de arrugas.
- Igual que lo está la tuya.
-Te equivocas, yo no tengo arrugas. Soy aún muy joven.
- Quizá tu espíritu siga siendo joven, pero tu cuerpo no le acompaña. Mira sino tu reflejo en el río.
Kun’g  dirige su mirada al espejo que forman las cristalinas aguas del rio para descubrir el reflejo de una imagen que no le pertenece. Se parece a él pero el rostro que le contempla se ha llenado de arrugas. Abatido se queda en la orilla mientras ve como la anciana se pierde en el horizonte. Kun’g  medita durante toda la noche y no espera al siguiente amanecer  para dirigirse de nuevo hacia el río dispuesto a recuperar todo el tiempo que ha perdido. No le importan los años que han pasado sino los que aún le quedan por pasar, y quiere  pasarlos junto a su amada. Pero al llegar al río se encuentra con un hombre que coge agua del río con la tinaja de bronce que reconoce al instante. Desde la otra orilla Kun’g  le pregunta, a voz en grito, por la mujer que cada día ha hecho ese mismo trabajo. Pero el hombre, mientras mantiene perdida la mirada en un horizonte quizá inexistente, le devuelve una respuesta, como eco lejano, que  hace añicos sus sueños: “murió anoche mientras dormía”.
Jaume Carreras
Este relato pertenece a “Antología de Lugares y Moradas”.

sábado, 16 de octubre de 2010

MONSTUOSS (PARTE 2)

UN CUENTO DE MIEDOS...
Nunca había oído nada parecido. Era un sonido ajeno a la realidad que alimentaba mi curiosidad. Me decidí finalmente a abrir la puerta. Pero no podía hacerlo de cualquier manera, pues no sabía a qué me estaba enfrentado. Todo era demasiado extraño. Cuando hay una tercera habitación en tu casa, y el dueño no te la cobra porque no se ha dado cuenta, es probable que la CIA esté detrás.  ¿Sería un agente de la CIA el que lloraba tras la puerta por estar arrepentido de haber endosado unas armas químicas a los niños de una guardería de un poblado en medio del desierto del Sahara Oriental para encubrir el robo de unos biberones que mantienen la leche caliente por más tiempo gracias a una fórmula secreta con la que se hace el vidrio y poder así reflotar la industria de biberones que se ha desplomado porque los niños ya sólo chupan los mandos de la videoconsola mientras los llaman cariñosamente Mamá? Demasiado extraño. No lo de las armas químicas claro, ni lo de los biberones, sino que el agente esté arrepentido. Unos ceros en la nómina y un padre nuestro antes de dormir ayudan. Si Dios y el gobierno están al corriente y no me mandan a los de hacienda con un tridente para una inspección, todo va bien. En este momento debo cambiar el tiempo de la narración para pasarla al presente, pues para comprender lo que viene a continuación es necesario un golpe de efecto. Para ahuyentar las dudas abro lentamente la puerta, con una sutileza que desde luego no me caracteriza, pero que en casos como este es absolutamente necesaria.  La luz penetra en la habitación de abajo arriba, como en las películas de terror, hasta proyectar una horrible sombra en la pared. Cierro la puerta de golpe, y me quedo por unos instantes petrificado. Reflexiono sobre lo que he visto, una imagen martillea mi mente de manera insoportable. No puede ser cierto lo que he visto. Doy vueltas sobre mí mismo. !No, no y no!  Nunca nada me había horrorizado tanto. Me digo a mi mismo: “¡detente un momento hombre que me pones nervioso!”. Y me hago caso. En esa arenera isla de sosiego que dura unos segundos veo de nuevo la imagen. ¡Es la sombra de un conejo! Esto sobrepasa a la habitación de gorra y al hombre de la CIA –que probablemente estará escondido detrás del conejo-.  Esta imagen pone en duda los fundamentos de mi cordura. ¿Qué hace un conejo en la habitación? Me voy corriendo hasta mi mesilla de noche para ver si hay restos de alguna sustancia psicotrópica que ingerí a noche por error, antes de dormir, pero no veo ningún libro de Kant.  Me quedo tranquilo, por el momento. Ya llevo dos semanas de abstinencia y no puedo bajar la guardia. Ni Kant ni Nietsche. Esos destrozan el cerebro a la primera dosis. Con una sola línea me quedo colgado hasta un día entero. Pero no están ahí, menos mal. Me sereno por unos instantes pero,  ¿qué es eso que asoma entre los libros?  ¡Horror! Lo sabía. Mucho peor que Kant, que Nietsche y Shopenhauer juntos. Es… ¡El Patito Feo de Hans Christian Andersen!  Ahora empiezo a atar cabos, ahora lo comprendo todo. ¡Tú, tú eres el culpable, maldito! Eso el organismo no lo digiere así como así. Ya he encontrado la explicación a todo. ¡Sí! Lo cojo por el pescuezo y lo alejo de mí tirándolo por la ventana lejos, muy lejos. Quizá con eso haya terminado el problema. Pero el grito de un transeúnte a quien probablemente le haya caído el libro en la cabeza me devuelve un interrogante aún más acuciante y angustioso que el propio conejo de la habitación y que me desconcierta hasta un punto insospechado: ¿Qué hago yo con el Patito Feo de Hans Christian Andersen en mi mesilla? ... CONTINUARÁ.
Relato de JAUME CARRERAS
Ilustraciones de DANIEL MATEO

miércoles, 13 de octubre de 2010

LA FRONTERA

Esta mañana al salir al jardín de mi casa para regar el árbol que allí crece, como he hecho todos los días de mi vida, me he dado cuenta de que alguien había puesto una frontera. Ésta atraviesa mi jardín de lado a lado dejando el árbol fuera de lo que se podría entender que es la parte en la yo me tengo que quedar.  He preguntado a los hombres que la guardan, pero nadie me ha sabido dar una respuesta. Nadie sabe por qué han puesto una frontera donde antes sólo había un jardín. Así que he entrado en casa sin poder regar el árbol.
Ya han pasado unos días y la frontera continúa en mi jardín. He intentado explicar a los soldados que la custodian que era necesario que yo pudiera regar el árbol. Como ésta es una tierra seca el árbol necesita de mis cuidados, si no recibe mi agua no sobrevivirá por mucho tiempo. Pero los soldados no me han escuchado.
Ya han pasado unas semanas. El árbol que he cuidado toda mi vida empieza a perder su lustre, casi ya no le quedan hojas, y empiezo a preocuparme seriamente por él. Hago otro intento de acercarme al árbol con un cubo de agua, para saciar su sed, que a estas alturas, debe ser ya insoportable. Pero el soldado, con muy mal humor, me lo ha echado sobre mi cabeza. Le he dicho, procurando guardar las formas para que no se enfadara conmigo, que si no me dejan hacerlo a mí que al menos lo hagan ellos. Pero me ha contestado en su tono arrogante que ese no es su trabajo. Que su trabajo consiste exclusivamente en guardar la frontera, y no lo que hay detrás de ella.   
Ya han pasado unos meses. El árbol tiene un aspecto deplorable. Ya no le queda casi vida, el tronco reseco, ni una hoja. Las raíces sobresalen de la tierra, como si quisiera irse a alguna parte.  Ante esta triste visión de mi querido árbol, ya el único amigo que me queda, he vuelto a probar suerte, por si los guardas de la frontera habían cambiado su humor como seres humanos que parecen. Pero el soldado me ha apuntado con su fusil y me ha amenazado con dispararme si se me ocurría dar un paso más. Entonces le he preguntado por qué han puesto una frontera si les importa lo mismo lo que queda dentro como lo que queda fuera. Esto es, nada. Y me ha contestado que lo único que él tenía que hacer era vigilar la frontera en sí. Ya derrotado y sin esperanza alguna he entrado en mi casa y he corrido las cortinas para no ver cómo el árbol, ese amigo que ha crecido junto a mí, se muere sin yo poder hacer nada.
Hoy hace un año que hay una frontera en mi jardín. He descorrido las cortinas para ver a mi árbol. Pero ya no queda nada de él. Me acerco para despedirme, pero cuando estoy a tan solo unos pasos veo que el soldado recoge la frontera y la mete en un saco. Sorprendido por el gesto le pregunto a que se debe esa maniobra. El soldado me mira poniendo su mano sobre los ojos a modo de visera para no cegarse por el sol y me contesta “Se ha firmado un acuerdo, ya no es necesaria esta frontera”.
Hace unas semanas la poda de un árbol por el ejército israelí en la frontera provocó un enfrentamiento armado entre éste y las fuerzas libanesas.
Relato y foto de Jaume Carreras

jueves, 7 de octubre de 2010

MONSTUOSS (PARTE 1)

UN CUENTO DE MIEDOS...
Cuando llamé para alquilar el piso en el que ahora vivo me dijeron que tenía dos habitaciones, además de darme algunos detalles, que ahora no vienen al caso, y que se suelen dar para adornar un discurso que terminará inevitablemente con una sentencia pitagórica de primer orden: la cifra final. Siempre Pitágoras tuvo razón. El Universo está hecho de números, lo que se le olvidó decirnos fue que el  valor de  esos números que configuran ese Universo tan maravilloso iría aumentando con la inflación, y que lo iba a tener que pagar yo, que era en definitiva lo que más me preocucuapa de toda esa filosofía.  Volviendo a lo que interesa, el número de habitaciones me pareció bien porque no necesitaba más. Dos era un número que se adecuaba a mis circunstancias. Cuando fui a verlo comprobé que lo que me habían dicho tenía su fundamento, porque efectivamente tenía dos habitaciones. Así que me mudé sin darle más vueltas al asunto, ni a Pitágoras. Allí pasé mis mejores años, hasta que algo extraño ocurrió. Desde que me mudé he transitado hasta la saciedad por los setenta metros cuadrados que tiene el piso, por cada uno de los centímetros, que son unos cuantos si los medimos así, pero que tampoco son tantos si los contamos en kilómetros. He ido de la habitación al salón, del salón a la cocina y vuelta a empezar, miles de veces. Nada que no haga el resto de comunes en sus respectivos hogares. Pero el otro día ocurrió algo. Al pasar como cada día por el pequeño pasillo que me lleva al salón descubrí, para mi sorpresa, que el piso tenía una tercera habitación. Ya sé que suena extraño, pero entre la primera y la segunda habitación había otra que hasta aquél momento yo no había visto. Mis amigos y familiares podrán atestiguar a estas alturas, incluso jurando sobre cualquier texto sagrado, que gozo de buena salud ocular. No llevo gafas y en caso de llevarlas éstas no estarían empañadas. En ese caso el relato debería terminar forzosamente aquí.  Como no llevo gafas sigo pues con lo que interesa. En el momento del descubrimiento no supe muy bien cómo actuar. Lo primero fue ir a la cocina a comprobar la línea de flotación del wisky que tengo en al armario. Efectivamente había menguado, pero al concentrar mi vista, como aquél que quiere ver más de lo que hay, detecté  rastros de carmín en el cuello de la botella, lo que confirma dos hipótesis importantes: la primera, que la chica de la limpieza se pone fina,  tal como había sospechado, y la segunda, que no usa vaso para tal fin. De ello saqué una tercera conclusión, que algunos podrían considerar precipitada, pero entre los cuales no me hallo. ¿Y qué es lo que tan tenzamente había yo deducido? Pues que yo no había probado el wisky desde hacía al menos una semana, última puesta en escena de la chica en mi casa, porque enonces habría detectado el carmín antes, y la habría despedio, lo cual no ocurrió, al menos hasta al día siguiente. También descarté cualquier perturbación metafísica que se hubiera colado en mi mente durante el sueño al recordar,  cuando vi que ya no quedaban naranjas en el cesto que tengo para poner naranjas, y que debía, en un momento u otro, salir a comprar más –pues no me gusta quedarme sin ellas.  Esa es una prueba definitiva de que en realidad tampoco te importa tanto si hay dos o tres habitaciones en tu casa.  Me dirigí pues otra vez hacia la puerta de la tercera habitación cargado con la realidad, pues como ya he dicho, había descartado cualquier intromisión onírica.  Plantado delante como un pasmarote, se me ocurrió poner la oreja sobre la puerta, y fue entonces cuando escuché algo parecido a unos sollozos…CONTINUARÁ
RELATO DE JAUME CARRERAS
ILUSTRACIONES DE DANIEL MATEO

sábado, 2 de octubre de 2010

PALEONTOLOGÍA PERSONAL



Hoy he recuperado una imagen que se había fosilizado en algún rincón de mi memoria. Como no podía verla con mis ojos, por hallarse profunda, la he reseguido con los dedos del alma hasta que ha mostrado el perfil de algo que había ya olvidado, pero que no por ello había dejado de existir. Esa imagen había viajado conmigo, dormida como duerme una fotografía color sepia, ya casi velada, de las que saca la abuela de su antigua caja de galletas con los ojos empañados. Todos tenemos imágenes de esas. Y de repente, por algún motivo inesperado, emergen hacia la epidermis para que podamos palparlas de nuevo, estremeciendo la carne y erizando el vello. Esas imágenes hechas de tiempo detenido, ancladas en un instante, nos muestran nuestra historia sensitiva personal, la que nos hace únicos y distintos.
Hoy he palpado la imagen de mi infancia al entrar en una sala llena de las obras de José Ramón Sánchez. Yo no sabía nada de él antes de entrar, y lo sabía todo al cruzar el umbral de la puerta porque él siempre estuvo ahí. Porque él coloreó mi infancia sin yo saberlo, como aquel que hace algo todos los días sin darse cuenta de ello. En cada color de su paleta he encontrado un sentimiento que creía desaparecido y me he quedado tranquilo al comprobar que aún seguía ahí, y lo seguirá estando para siempre, porque ahora sé que esos sentimientos no se borran.
Por Jaume Carreras
La exposición de la obras de José Ramón Sánchez ha tenido lugar en el Teatro Mira de Pozuelo de Alarcón, en el contexto del Festival Internacional de imagen Animada.

viernes, 1 de octubre de 2010

LAS SIETE VIDAS DE NÉSPOLO

Hace unos días publiqué una reseña sobre una de las novelas más interesantes que he leído en lengua española en los últimos años. Una novela hecha de las mismas contradicciones con las que está hecho el ser humano, incluido su propio autor. Una novela de hoy para mañana que se leerá algún día como leemos hoy a Jorge Amado, o como quien hace ese viaje a los arrabales para quedarse un rato en cuerpo, y una eternidad en alma. Su título es sugerente, Siete maneras de matar a un gato. Más lo es lo que se esconde detrás.
La revista Garanta ha anunciado hoy, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la lista de los 22 mejores autores en lengua española y entre ellos se encuentra su autor, Matías Néspolo.  Probablemente esto no sea más que el principio.
Por Jaume Carreras

jueves, 23 de septiembre de 2010

EL HILO DE ARIADNA 1

RELATO DE UN NACIMIENTO(parte I)
 Jaume Carreras
Yo ya he estado allí antes, pero no me acuerdo.  Cada una de las células que me componen guarda un fragmento de la memoria de ese lugar en que ahora te encuentras, pero esas células  son incapaces de recomponer esa memoria del origen para mí. Por eso necesito tu ayuda, porque ahora tienes tú mis ojos, y mis oídos . Pues mi cuerpo, ya en peregrinación inexorable hacia su senectud, busca en ti, Ariadna, el consuelo de la renovación. Ahora estás dentro del plácido laberinto amniótico, pero el cordón umbilical que te une a la vida, te mostrará el camino hacia mí, cuando sea el momento. Aunque sé que me escuchas, cuando hablo con tu madre sobre ti, porque te mueves, porque te ríes, porque ahora eres sólo esencia, porque aún no estás anclada a tu cuerpo. Eres felicidad en estado puro. Eres  yo sin el lastre que soporto, de una experiencia ya abatida por el desengaño de una promesa rota, pues  la tierra prometida no es sino donde te encuentras.  Y mientras  estás haciendo las maletas genéticas, llenándolas del ADN que te permitirá ser tú, de ser reconocida por los demás - aunque a mí no me hace falta porque te reconocería aunque fueras un árbol o una semilla-, yo espero paciente tu llegada.

Por Jaume Carreras

martes, 21 de septiembre de 2010

CON LA CASA A CUESTAS

“Cada paso que doy deja una profunda huella en la arena, porque a mis espaldas cargo con la pesada casa que me vio nacer. Y esa casa está llena de gestos que un día cocinaron mis abuelos para que comieran mis padres para que comiera yo. De barro me hicieron, como vasija, con arcilla de mi tierra, para que en todas partes reconocida fuera…pero comprender es mirar dentro , en ese espacio vacío…” .
Fragmento de la novela LEVE SERÁ LA TIERRA (Jaume Carreras).
Esa casa a cuestas es nuestro diccionario. Quien nos quiera conocer tendrá que hojearlo, quien nos quiera comprender deberá leerlo a fondo. Las cosas no son porque sí. Y la esencia no se puede borrar por mucho que frotemos. En Senegal alguien me dijo “a cualquier parte que vaya estaré mejor que aquí, aunque sea en el infierno”. Entonces me imaginé ese infierno: lo vi llegar (porque tuvo suerte) en patera a España. Lo vi trabajando doce horas (porque tuvo suerte) por lo que cuesta un plato de comida. Lo vi viviendo en un piso de 30 metros (porque tuvo suerte) junto a otros diez como él. Lo vi llorar (porque sentía nostalgia) cuando miraba el mar en dirección a su tierra en la que dejó a sus hijos. Aun viéndolo, aquellos que le proporcionaron el viaje, el trabajo y la vivienda, le llamaron desgraciado. Pero a pesar de todo nunca pensó en regresar a Senegal.
Para entender por qué aquel hombre nunca regresó a Senegal, hay que leer el Abecedario de Antrpologías de Luís Pancorbo. Libro especialmente recomendado para: a/ los que le llamaron desgraciado; b/ los que aplauden a quienes se lo llaman; c/ los políticos que lo alientan; d/Sarkozy.
Post Scriptum: Luís Pancorbo contribuye al entendimiento entre culturas (personas) gracias también a su programa de televisión OTROS PUEBLOS.
Por Jaume Carreras