miércoles, 28 de diciembre de 2011

TELEVISION LOCAL Y DEMOCRACIA

En España la política del recorte se está cebando con todo, a una velocidad de vértigo, en beneficio de las estadísticas y sin tener en cuenta a las personas. El recorte conlleva un menoscabo de la democracia que se expresa en un evidente deterioro del tejido social. Lejos de ser la solución, el recorte agrava el problema. Uno de los pilares de esa democracia,  ahora de camino hacia sus ruinas (porque la democracia lo es en toda su plenitud o no es), es la pluralidad: la democracia se teje con las voces de todos. Esas voces que proceden de las distintas particularidades y que son las que deben llenar lo global. Y no al revés, como está ocurriendo, pues eso nos aboca al pensamiento único, totalizador y homogeneizador, en donde la cultura es inspirada por unos pocos que disponen de los medios necesarios para hacer llegar su mensaje a la sociedad.  En los países resurgidos de la desintegración del comunismo, como la Serbia de Milosevic o la Ucrania de Kuchma, el concepto de democracia se proyectaba desde la televisión estatal, controlado por esos mismos autócratas, dándole al término un cariz propagandístico muy distinto a su significado real, creando la ilusión entre la población de estar viviendo en una democracia, mientras lo hacían bajo una chapucera dictadura encubierta(como hoy hace Putin en Rusia). En esos países existía la voz única, la del líder.

 En los países más al oeste, aun habiendo ejemplos en la misma dirección, incluso en España, las voces proceden del mercado. En las televisiones generalistas hay lugar solo para los que tienen el capital. De nuevo, la dirección procede en un solo sentido, de arriba abajo. Las tendencias no nacen del pueblo, sino del capital. Pero en nuestro país los que no pueden pagar una campaña global, tienen aún la opción de hacerlo de forma local, en las televisiones y medios locales, siempre y cuando sean independientes. Las televisiones locales, como la televisión del Hospitalet o la de Badalona han dado voz, durante muchos años, a aquellos que no la tenían. Han permitido conectar a los ciudadanos, en una especie de ágora atenea (aunque con sus limitaciones). Han hecho posible que el pequeño comerciante pueda presentarse ante su público más inmediato; que los artistas locales puedan mostrar su arte; a los clubs deportivos que no venden camisetas en Japón tener una afición y poder seguir financiando su existencia; que las personas que hacen cosas sencillas para su comunidad puedan seguir haciéndolas. En resumen, las televisiones locales permiten a la comunidad ser. Y no existe una verdadera democracia sin esa comunidad, hecha de ciudadanos de a pie que hablan los unos con los otros, que se construyen mutuamente. Esa es la única comunidad viable, porque los ciudadanos están cerca los unos de los otros (la comunidad internacional, o global, es solo una entelequia que genera frustración y fracaso cuando no se fundamenta en la comunidad local, como ocurrió con la Sociedad de Naciones, o como ocurre ahora con la ONU). El cierre de esas televisiones, como ya le ha ocurrido a la Televisión del Hospitalet o como le pude ocurrir a la de Badalona, por capricho de algunos oligarcas políticos, daña seriamente la salud de la democracia.
Jaume Carreras

lunes, 17 de octubre de 2011

HIJA DE LOS KURDOS

Hoy, más de 40 millones de kurdos viven en ninguna parte. 40 millones de personas que se han vuelto traslúcidas para unos, mientras son masacrados y condenados a su inexistencia por otros. Pero todo lo que es lucha por seguir siendo. La historia del pueblo kurdo es la historia de la misma humanidad en busca de un hogar en la tierra, del que fue expulsado cuando comió del árbol del conocimiento. Cuando el hombre se supo hombre, no esclavo, ni súbdito, ni extranjero, sino hombre a secas, entonces reivindicó su lugar de nacimiento como lugar en el que crecer,  perpetuarse y morir. Dice Ajda, en la novela Ajda y la nostalgia,  que “aunque el río fluye con fuerza, la imagen (reflejada) siempre permanece en el mismo lugar, como el corazón del recién nacido”. Y para ello creó el hombre la comunidad. Dice el padre de Ajda que “solo se puede amar aquello que se conoce, y lo que se conoce está en la comunidad”. Entre un pueblo y su tierra media la tradición, que contiene tanto las grandes cosas como las pequeñas: la lengua, los mitos, la religión, la manera en que se lava la ropa, y la forma de preparar el té. Esa tradición permite, cuando emana de lo natural, la supervivencia; pero se vuelve instrumento de dominación, cuando es impuesta por otros hombres en nombre de unos ideas para servir a sus propósitos.

En los versos iniciales de la novela, el padre de Ajda le dice a esta mientras agoniza que “la oscuridad es tan densa que se traga la luz” y que por ello no puede ver sus pasos. Es la oscuridad que se cierne sobre el futuro de un pueblo, el kurdo. Ajda entiende en ese momento que sus huellas deben ser firmes, allá donde vaya, para que el viento no las cubra y no se extinga todo aquello que ella es. Pero el viento persiste, en forma de muerte y desolación. “Se llevaron a Sadamm pero no su odio”, le dice su padre. “Esos hombres buscaban una respuesta a su desgracia y no supieron verla en sus corazones… es la búsqueda del mal en lo ajeno”. “Mientras haya petróleo en las entrañas de nuestra tierra nuca tendremos Estado”…. “Los kurdos fuimos bosnios en Srebrenica, amerindios en Wounded Knee, armenio en Adana… fuimos como ellos, masacrados…” .
Esta es la esencia del pueblo kurdo. Ajda evoca la última imagen que tiene de su pueblo: “mi aldea ya no existe más que en mi memoria y en la memoria de las cenizas… La sangre de mis hermanos ha sido derramada por mis hermanos”.  Pues considera que todo hijo de la tierra es su hermano, porque todos procedemos de ella. Y busca el motivo de ese odio, que ella no comprende, en los orígenes de la humanidad. Para ello reinterpreta los mitos, se desprende de ellos para quedar desnuda ante la madre naturaleza, y se da cuenta de que el mal empezó cuando al hombre se le llamó extranjero. En su imaginación se recrea una nueva posibilidad de historia de la civilización para que no tengan que morir sus padres. Pero el mal encuentra siempre la forma de sobrevivir, como parásito inextinguible, en lo que Dickens consideraba los dos grandes males del hombre: la miseria y la ignorancia. La historia se repite. ¿Cuántas Halabja tienen que arder para que el mal se disipe?”, se pregunta el padre de Ajda. En Halabja murieron más de 6.000 kurdos por el efecto de los gases derramados por los aviones de Sadamm. Nadie dijo nada.
Ajda descubre finalmente que todos somos lenguaje. Y que todo se reduce al nombre. Cuando aprendía los nombres de las cosas, siempre hubo una palabra que se le resistía: aquella para designar a su pueblo. Descubre que en esencia todos somos lo mismo, y lo que crea la diferencia es cómo llama cada uno a eso mismo.
(A propósito de los kurdo,s se ha estrenado recientemente la película Son of Babylon -Viaje a Babilonia- que refleja  esa misma  misma realidad que evoca este artículo y la novela Ajda y la nostalgia)
Jaume Carreras

viernes, 14 de octubre de 2011

INDIGNADOS 15 OCTUBRE: LA CIUDAD DEMOCRÁTICA

«La ciudad democrática está hecha de materia blanda, de carne erosionada por la fricción diaria entre seres humanos y no humanos. Es fea y sucia, y se va pudriendo a cada hora que pasa, pero está viva, respira por cada pulmón de cada transeúnte que le insufla un hálito de vida. Enemiga de la ciudad totalitaria, hecha de piedra y para la piedra. Proyección del ego de quien la manda construir, que se erige sobre la muerte de tantos, expectante y distante, belleza solitaria pertrechada entre muros que es enterrada con dueño y señor, al estilo faraónico. La ciudad democrática se desgasta, porque se usa, se vive y se disfruta.»

Extracto de AJDA Y LA NOSTALGIA

miércoles, 12 de octubre de 2011

EL SISTEMA FALAZ

El sistema funciona si quienes lo integran creen que es justo. Acatamos las leyes porque creemos que son justas. Pagamos los impuestos porque, a pesar de todo, creemos que es justo. ¿Y por qué creemos que es justo? Porque recompensa a cada uno según su aportación al sistema y castiga a aquellos que amenazan con su desintegración. ¿Pero qué ocurre cuando el sistema deja de ser justo, porque aquellos que han sacrificado una parte de sus ingresos durante toda la vida, a expensas de su bienestar individual, no pueden acceder a la sanidad, o ven frustradas sus expectativas de recibir una pensión por jubilación después de estar toda la vida trabajando? ¿O cuando sus hijos no van a poder estudiar aquello que les podía sacar del bucle al que sus padres estuvieron ya antes abocados? ¿Qué ocurre cuando lo que hay que pagar por la hipoteca o el alquiler de la vivienda mínima, supera nuestros ingresos? ¿Y cuando además de entregar la vivienda que hemos puesto como aval, debemos seguir pagando al banco por no vivir en ella el resto de nuestra vida?
¿Qué ocurre cuando en lugar de castigar a los responsables de todo esto se castiga a las víctimas, mientras se les recrimina el haber querido tener una vida mejor, como si ese fuera el delito? Pues que nos damos cuenta de que ese sistema que creíamos que era justo, quizá no lo sea, porque sus vigilantes, aquellos que gobiernan el sistema, ya mediante las urnas ya mediante el capital, han creado un sistema aparte, que se nutre de las injusticias que se generan en el nuestro. Esas instituciones, lideradas no lo olvidemos, por personas de carne y hueso, buscan a toda costa perpetuar ese sistema paralelo, al que solo un grupo selecto tiene acceso. Para ello engañarán, manipularán, y cometerán todo tipo de atentados contra los ciudadanos y contra su dignidad. Su obsesión es que el sistema se mantenga, con el erario público, para poder mantenerse ellos también. Su sistema es de suma cero, esto es: cuando menos tengas tú, más tendré yo.
Pero ese sistema es insostenible, porque lleva irremediablemente al colapso. Cuando el que aporta ya no tiene nada que aportar, porque se ha quedado sin, el que recibe no tienen nada que recibir. Algunas culturas ancestrales se basan en un sistema mucho más sostenible: los alimentos que no pueden ser consumidos por una tribu son entregados a otra que sufre escasez de ellos, para que a su vez puedan estos conseguir reservas de alimentos y poder así ayudar a la primera tribu cuando sea esta la sufra escasez. Mientras en el primer sistema uno se lo come todo hasta que no tiene ya que comer porque se ha comido hasta al que le da de comer, en el segundo sistema todos comen, siempre.
A pesar de todo nosotros seguimos creyendo ciegamente en nuestro sistema, seguimos pensando que es justo que nuestro dinero vaya a los bancos, incluso cuando sus propios directivos reciben indemnizaciones millonarias por llevarlos a la quiebra. Seguimos creyendo que es justo que se recorte en sanidad, educación y cultura, mientras cada día se destapan nuevos casos de corrupción de sus administradores electos.
Lo cierto es que no puedo afirmar si nuestro sistema funciona o no, lo que sí puedo asegurar es que el de ellos, sí.
Jaume Carreras

sábado, 8 de octubre de 2011

OCASO DE LA IMAGEN DE GRECIA. Crisis del hombre.

Grecia, imagen del mundo, poesía petrificada que se proyecta (hacia nosotros) en sus ruinas. En qué hora nos hablas de lágrimas, Helena, cuando ya las hemos consumido todas.  Si tu imagen pierde su sombra, el sol quemará nuestros párpados.  Decía Odysseas Elitys que dijo el Gran Extranjero mientras soltaba una carcajada “!Mirad, dijo, mirad a los hombres que, por lo visto quieren cambiar el curso del mundo!” .  Y se ve que dijo esto mientras cambiaba el curso del mundo . "Da igual si el templo es de oro si vuestras manos son de barro. Da igual si su cúpula llega hasta el cielo si la piedra a la que os he atado pesa más que vuestras creencias.” Dice, dice, dice el extranjero.  Pero sin Homero no hay mañana. Sin tu imagen, Helena, no hay imagen. Y si se pierde la imagen ya nadie nos reconocerá.

Jaume Carreras


sábado, 20 de agosto de 2011

POE, RECITA EL CUERVO

J: ¿Qué es literatura? 

C: Literatura es poetizar la realidad.
J: ¿Y cómo se puede poetizar la realidad?
C: Cambiando los signos de puntuación a las cosas que le pasan a uno en la vida.
J: No te entiendo.
C: Yo tenía un amigo que leyó en los titulares de un periódico: “POE, RECITA EL CUERVO”
J: !Querrás decir Poe recita El Cuervo!
C: No. Has oído bien. POE, RECITA EL CUERVO. Así que entendió que era el cuervo el que llamaba a Poe. De aquella coma que irrumpió por error en la realidad  surgió una imagen mucho más bella en la mente del poeta.
J: Quizá aquel cuervo tuviera miedo ante aquella multitud y llamaba a Poe para que le acompañara en tan insólito acto.
C: ¿Qué multitud?
J: La que iba a escuchar recitar al cuervo.
C: Pues eso, literatura.

Jaume Carreras

jueves, 11 de agosto de 2011

LIBROS A MEDIDA. Artículo.



Hace unos días escuché a alguien en una librería pedirle a la dependienta un libro para regalar. Las palabras exactas fueron: “¿me podría recomendar un libro para hombre, de 50 años, divertido?”. En esta relación de atributos solo falta la talla, pensé enojado. Seguro que en Zara darían con el artículo adecuado si vendieran libros. Pero ¿en una librería? ¿Qué es un libro para “hombre”? ¿O para  “hombre de 50 años”? ¿O para “hombre de 50 años, divertido? En ese momento me pasaron por la cabeza algunas cuestiones. Intenté, sin éxito, buscar en mi memoria un libro para alguien así. Obviamente no lo encontré porque busqué en un archivo memorístico erróneo. Busqué en mi archivo de literatura y, claro, ahí no existe tal cosa. En ese departamento los libros no se clasifican por género, edad o atributos de la persona. Ahí solo hay literatura a secas. ¿O es que hay que ser mujer para leer a Jean Austin? ¿O homosexual para deleitarse con Oscar Wilde? ¿A caso Tolstoi no es adecuado para “divertidos”? Pensé entonces que la clasificación solo tiene sentido en un estado totalizador del mercado, o totalitario de la política. ¡Clasificar para simplificar! Eso no es literatura.

La literatura es por encima de todo libertad,  tanto para quien escribe como para quien lee. Es libertad para ir más allá de las fronteras establecidas, para flirtear con un lenguaje lejos de los lugares comunes; es libertad para acercarse a la belleza, para domesticarla, para integrarla en un corpus individual, a espaldas del ruido de la multitud. Es libertad para ser libre. Y por ello la literatura no entiende de categorías, de géneros, ventas, estadísticas, ni siquiera de entretenimiento. Porque la literatura no cabe en un libro: como mucho empieza en él, pero termina siempre en el alma de quien se acerca a ella. Y por el momento, aunque muchos lo han intentado, las almas no se pueden clasificar.
Tengo que decir que la dependienta encontró el libro. Y  que el cliente salió de la librería con una sonrisa en su rostro. Pero me tranquilicé al ver que no era literatura, solo era un libro.
Jaume Carreras

domingo, 31 de julio de 2011

REPORTERO DEL ABSURDO: ¡CAMARADAS!

I.K, reportero de la historia, retransmitiendo desde el Kremlin:
-Y con un “¡Viva el Partido!” el camarada Iosiv Stalin ha dado por terminado su discurso. La ovación, como era de esperar, es unánime y entusiasta. Todo el mundo, incluidos los bedeles, da muestras de su fidelidad al líder con apasionados vítores. El fervor aumenta mientras la manecilla del reloj que preside la sala marca inexorable los minutos. El calor empieza a hacerse notar y el cuello de la camisa se hace cada vez más pequeño. El reloj marca la hora y las piernas empiezan a temblar. Pero nadie se atreve a dejar de aplaudir. Por mucho menos se han llevado a otros con los pies por delante. Stalin hace ya rato que se ha ido, pero nadie quiere ser el primero. Quizá algún camarada del Partido lo pueda interpretar como un desafío a la autoridad o una muestra de disconformidad hacia el líder. Así que los asistentes, bañados ya en su propio sudor, se miran inquietos unos a otros, sin saber bien quién vigila y quién es vigilado. El reloj marca otra hora. Un coronel, con el pecho lleno de medallas, pierde el sentido y cae al suelo con todo su peso. Los que están a su lado, otros coroneles y generales condecorados todos ellos, se temen lo peor. Pero como nadie hace nada intuyen la oportunidad y se dejan también caer al suelo simulando un fortuito desmayo. Como efecto dominó cae la primera fila al completo, luego la siguiente y así hasta que queda un solo hombre en pie, uno al final de la sala, con su impecable uniforme de la limpieza al que un compañero le ha cambiado el turno por encontrase indispuesto. Al ver que ya no queda nadie en pie en la sala deja tímidamente de aplaudir, no sin antes mirar a un lado y a otro reiteradas veces para asegurase que nadie le ve. Pero antes que pueda al coger el cepillo, bum, recibe un disparo en la cabeza manchando toda la pared con su sangre. Los demás asistentes empiezan a levantarse, abriendo un ojo primero y el otro después, y empiezan a abandonar la sala charlando entre ellos sobre lo honorable y acertado del discurso. Mientras, otro bedel, aparentemente con el rostro sereno, limpia la sangre dando gracias hacia sus adentros por que esa sangre no es la suya.

Jaume Carreras

jueves, 28 de julio de 2011

EL POETA Y LA NADA





En el sepulcro de Ibn Hazam hay escrito Poeta al lado de su nombre.
 
            Ya de muy joven creyó ser objeto de una revelación divina cuando, mientras contemplaba pasivo la vida desde su ventana, sin más entretenimiento que pensarse a sí mismo como un ser que mira por la ventana, algo agitó sus oídos. El viento había arrancado de los labios de un anciano vate, ciego por circunstancias, unas palabras que llegaron hasta él iluminando su mente como un soplo de Dios. No fueron las palabras lo que él escuchó, pues estaban recitadas en un dialecto persa, antiguo seguramente, que él no comprendía. Fue su sonido. Cada palabra estaba formada por una suma de sonidos, que al unirse a los que le precedían, iban transformando la nada en una armonía infinita. En ese preciso momento supo que Dios tenía planes para él.

Ibn Hazam se sentó junto a la ventana a balbucear las primeras silabas de lo que debía llegar a ser una auténtica casida. Pretendía coger la nada que le envolvía y transformarla en versos, como había hecho aquel poeta ciego. Pero la nada no se doblegaba ante él. Cada sonido que intentaba arrancarle al vacío era como un cabezazo que se daba contra un muro, dejando su cerebro más aturdido cuanto más insistía. Pero Ibn Hazam no se rendía.  Si algo le caracterizaba era, sin duda, su obstinación. Así que fue a ver a su amigo sabio, que vivía en el extremo opuesto de la ciudad. Lo encontró, como siempre, absorto en sus meditaciones.
Sabio, he venido a que me des consejo –dijo Ibn Hazam tímidamente procurando no molestarle.
Habla dijo secamente el sabio sin mirar a Ibn Hazam, que se había quedado en el umbral confundiéndose con la sombra de la puerta.
Ibn Hazam le contó al sabio la revelación que había tenido al escuchar al ciego poeta.
Dios me ha dicho que debo ser poeta. Pero no soy capaz de sacarle una sola palabra a la nada terminó Ibn Hazam.
¡Ah, la nada, poderoso abismo donde se forjaron la luz y las tinieblas! Muchos poetas se lanzaron a su magnético vacío en busca de la inspiración creadora, pero muy pocos consiguieron regresar. El mundo que habitas, todo lo que hay sobre la tierra, está alumbrado por las luces del conocimiento. Aquí te sientes seguro porque los caminos están indicados. Pero la nada, ah, la nada es otra cosa. Es la oscuridad absoluta. Tan absoluta que engulle hasta las palabras. Si el todo está hecho de lo que es, la nada está hecha de lo que aún no es, y por tanto es mucho más infinita. Y es muy fácil perderse en sus laberintos.
Pero dices que algunos regresaron.
Sí, pero tuvieron que pagar por ello.
¿Y cuál es el pago?
Tú mismo viste al ciego vate desde tu ventana.
Sí, lo vi.
Sus ojos no le dejaban ver y por ello se los arrancó.
¿Dices que sus ojos no le dejaban ver? ¿Cómo es posible eso?
La apariencia de las cosas, la forma en las que se presentan al mundo, no le dejaba comprender la cosa en sí, su esencia. La imagen no le dejaba ver la verdad. Y la verdad es la simiente de la poesía. 
¿Dices entonces que me quedaré ciego?
No. Cada poeta debe liberarse de aquello que obstruye su alma, de aquello que lo tiene preso en la tierra de los lugares comunes. Muchos tuvieron que entregar la cordura, y algunos incluso la vida.
Si eso es lo que hay que hacer para ser poeta, lo haré.
Entonces vete a las montañas, lejos del ruido humano. No lleves comida ni abrigo y espera. Escucha al río, al viento y a la tormenta. Si eres digno, la nada te encontrará.
Así lo haré.
      —Una cosa más: cuando llegues a las montañas escribe tu nombre en una piedra. Solo de esta forma, si la nada te lleva consigo, podrás algún día regresar.
Ibn Hazam salió como perro hambriento hacia las montañas, con las palabras del sabio retumbando en su cráneo. Llegó al punto más alejado que le permitieron sus piernas y, tal como le había dicho el sabio, escribió su nombre en una piedra y se sentó a esperar. Al principio su cuerpo se revelaba azotando sus sentidos, ora por hambre ora por frío, provocándole un dolor insoportable. Hasta que la mente dejó de hablarle. Por un tiempo el río fue su memoria, pues solo en él podía reconocerse aún como hombre al ver reflejada su imagen en el fondo. Hasta que dejó de reconocerse. Su contorno se estaba difuminando, como una acuarela bajo la lluvia. ¿Sería eso la nada? Entonces empezó a sentirse ligero, tanto que el viento lo movía a su antojo de aquí para allá, como mueve las hojas caídas de los árboles. Las raíces ya no le sujetaban a la tierra. Entonces estalló la tormenta que con su persistente lluvia borró las huellas que le indicaban el camino de regreso a casa. Y se hizo el silencio.
Pasó largo tiempo mientras el sabio se preguntaba qué habría sido de Ibn Hazam, pues desde que este emprendió su camino hacia las montañas no había tenido noticias de él. Hasta que una anciana mujer entró en su humilde morada. Su casa era frecuentada por todos aquellos que tenían preguntas y no hallaban sus respuestas, pues su sabiduría, decían, era infinita.  La mujer sostenía en sus brazos un manto en el que llevaba algo envuelto. Al acercarse, el sabio pudo contemplar la cara de un recién nacido.
        —Lo he encontrado en las montañas, a punto de morir –dijo la mujer-. Estaba agazapado a una piedra que tenía un nombre escrito.
         —¿Y qué es lo que tenía escrito? –preguntó el sabio.
        “Ibn Hazam”.
El sabio dibujó una sonrisa con sus labios, y continuó con unas palabras:
          ¡Ibn Hazam poeta! Solo el recién nacido es verdadero poeta, porque solo él dialoga con la nada, con lo que aún no es, y lo transforma en lo que es al nombrar las cosas por primera vez, renovando así para quien las escucha la esperanza y la fe en las palabras que un día perdieron su sentido.


Jaume Carreras

domingo, 29 de mayo de 2011

MARKETING DE ESTADO: SOBRE EL DESPERTAR CIUDADANO Y LA REPRESIÓN EN BARCELONA

No es el pueblo el que debe ser vigilado, sino el Estado. Ningún ser humano tiene derecho a someter, subyugar ni controlar a ningún otro. Esas prácticas presuponen la ignorancia o sentido de culpa de quien es sometido. Se les suele atribuir a los que detentan el poder cualidades divinas o sabiduría absoluta.
 No son dioses ni sabios, son personas que saben cómo hacer creer a los ciudadanos que son dioses o sabios. Y lo hace  mediante unas elaboradas técnicas de marketing  que pueden llegar a  legitimar incluso hasta el racismo, la xenofobia, el sexismo o la represión violenta, como está sucediendo estos días en la Plaça de Catalunya de Barcelona. Saldrán airosos, como siempre, porque escribirán un guión efectista que dividirá a la población en dos bandos enfrentados justo en el momento en el que se iban a unir para combatir las injusticias de un Estado que tiende –siempre lo hace-  al absolutismo. Y en esa sociedad dividida encontrará como siempre su alimento y sostén.  ¡En manos de quién estamos! No queremos que el futuro dependa de las fluctuaciones de la bolsa.
No somos ovejas. No somos masa. No somos votantes. No somos de derechas o de izquierdas. No somos ricos ni pobres, ni de tal a cual clase. No somos de aquí ni de allí. Somos seres humanos primero, y después lo que cada uno quiera ser. La tierra es nuestro hogar y plantaremos nuestras semillas  donde queramos. Ningún político tiene nuestro consentimiento a dar su consentimiento sobre nuestras acciones.
Las elecciones no deberían ser un concurso de televisión, aunque tenga una pegadiza sintonía musical, una cuidada escenografía a juego con los colores de moda y un presentador o presentadora divertido o locuaz. Nosotros lo sabemos.  Basta de mercadear con nuestras emociones.  Ya es hora de que los políticos sepan que lo sabemos.  El marketing es la lacra de nuestra sociedad, porque debajo de ello no hay nada, pero nos engulle a todos.
Jaume Carreras

jueves, 26 de mayo de 2011

VINDICACIÓN DE FEDERICO GARCÍA LORCA

Un día sus destinos de cruzaron. El de Lorca y el de su tierra.  Fue tan solo un instante,  unos años para él, unos segundos para ella. Pero ambos se enamoraron al coincidir el cuerpo del hombre y la sombra dibujada en la hacienda. Lorca decidió cantar su genio, y ella le dio voz para su épica. No la decepcionó. Se erigió en poeta de sus ancestros, de los pobladores de la Iberia vieja, proyectando un canto hondo con sus voces rotas. ¡Canta hondo Lorca, hasta el mismo vientre de la tierra!, para que expulse con su lava las cenizas de las miserias.  !Purga la tierra con tus coplas!, gritaron. Y en un ara puso a su amada pero sangrientas fueron sus bodas. Mocedades terminadas antes de germinar el poema.

Desde lejos te lloramos para que con nuestros quejíos puedas, donde estés, terminar el poema.
Jaume Carreras

domingo, 24 de abril de 2011

HABITACION DE HOTEL

Jan cruzó el umbral de la puerta de la habitación como el que atraviesa la frontera que separa la tierra de los vivos de la de los muertos, y sin soltar la maleta, se dirigió a la ventana, cautivado por la imagen del paisaje que alguna musa parecía haber pintado para que él, en ese preciso momento, pudiera liberarse de sus contradicciones !Cuánta verdad hay ahí fuera¡ Cuanta mentira aquí dentro. Y con aquí dentro no se refería a la pequeña habitación del hotel, que por carecer de alma carecía de la posibilidad de sentir remordimiento, y por tanto de mentir. Jan se refería a su pecho. Cuánta mentira hay en mi pecho que oprime las vertebras y no me deja respirar.
Desde allí Jan se vio a sí mismo caminando entre las tumbas del viejo cementerio, respirando el mismo aire que los gusanos. Se sentó en una losa envuelta en hiedra, y pensó en aquello en lo que hasta aquel día nunca antes le había perturbado. Conocía el quinto mandamiento, pues había sido educado según los preceptos cristianos.  Comprendía perfectamente el sentido de la oración “no matarás”. Nunca la gramática litúrgica le había sido ajena. Su vida había estado regida desde el principio por el imperativo, como a todos los chicos de su generación. Jan, pensaba entonces, no podría alegar ignorancia. Y en ese instante cayó en la cuenta de que no era un ser inmoral, pues no había disfrutado arrancando la vida a aquellos cuerpos, como sí lo habían hecho otros de sus compañeros. Simplemente no había sentido nada. ¿Era entonces amoral, como los animales?
No, el no era como los animales, pues no lo había hecho para sobrevivir. Tampoco ninguna pasión humana le había impulsado ciegamente a ello. No era por celos ni por envidia, como le ocurrió a Caín. Ni había tenido la sed de venganza  de Orestes. Aquello no había obedecido a un instinto primario, como el que come para saciar el hambre. Ni siquiera lo hizo por superstición. Entonces Jan se sintió derrotado, porque mientras los demás tenían una excusa, aunque fuera la más deleznable de las ignominias, él no tenía ninguna. Recordaba muy bien el rostro de sus compañeros. En ellos había rastros arqueológicos, las muecas del ser más primitivo y sádico que debió poblar la tierra miles de años atrás. Vestidos con trajes de seda, nunca la cultura había sin embargo llegado a traspasar la epidermis.  Esos hombres eran distintos a él.
Él si era un hombre cultivado, incluso refinado y sensible en cuestiones de arte, literatura o música. Había llorado contemplando el Éxtasis de Santa Teresa de Bernini en su fugaz pero intenso viaje de juventud a Roma. Su piel se erizaba cuando escuchaba las sonatas de Bach, y se sentía conmovido por los versos de Dante cada vez que los releía. Era entonces un hombre sensible, capaz de sentir, de apreciar los matices de la vida y disfrutar de ellos. Eso era lo que más le perturbaba.
Quizá Dios insufló el mal en los corazones de esos hombres para que el bien brillara sobre la mediocridad que es la norma del mundo. Pero de él Dios se había olvidado. Lo había dejado al margen de sus planes. Por eso era hora de encerrarse en aquella habitación de hotel…
Fragmento de Sobrevivir en la nada
de Jaume Carreras

sábado, 2 de abril de 2011

OXÍGENO

RELATO
Pocos recuerdan cómo eran las cosas antes del suceso. Sólo los más ancianos rememoran en sus conversaciones taciturnas, como el que habla de la Arcadia, aquel paisaje celeste antes de que el azul cediera su hegemonía al color óxido; antes de que las esponjosas y blancas nubes dejaran su lugar a las viscosas burbujas que llenaban ahora la atmósfera, amenazando las leyes estéticas escritas antiguamente por madre naturaleza,  y que de vez en cuando soltaban esa sustancia hectoplasmática que se precipitaba sobre las cabezas de los transeúntes despistados. La gente del lugar, siempre proclive a la lírica mística, se refería al suceso como la “Caída del cielo”, en clara alusión al último volumen del libro sagrado. El gobierno, más pragmático y menos supersticioso, lo llamaba “El agotamiento del oxígeno”.  Desde entonces nadie se atrevía a salir de su casa sin la máscara que le permitía respirar. Pues, según rezaban las advertencias, en cuanto alguien inhalara lo que fuera que había sustituido al oxígeno, moriría en menos de treinta segundos. Al principio una corporación altruista distribuyó máscaras de forma gratuita a toda la población. Good Inc había evitado la muerte de millones de personas y por ello su presidente fue canonizado en vida por las autoridades eclesiásticas, ceremonia retransmitida en todo el mundo por la televisión por cable, y que el mismísmio Napoleón hubiera envidiado por lo suntuoso del asunto. Al cabo de un tiempo la compañía, en una acción coordinada con el gobierno, y tras minuciosos estudios de control realizadas por científicos con batas de radiante blanco, que sospechosamente hacían juego con su perfecta dentadura, también de un blanco deslumbrante, más propia del que se juega su sustento delante de las cámaras que del que lo hace detrás de matraces ,  anunció que las máscaras tenían fecha de caducidad y que deberían ser sustituidas por otras más sofisticadas en las que habían estado trabajando. Esta vez había que pagarlas, pero su precio no era demasiado alto teniendo en cuenta que era la vida lo que estaba en juego, así que el mismo día del anuncio se agotaron. Al cabo de un año, otro anuncio irrumpió en las casas de todos los habitantes del planeta a través de la omnipresente pantalla del televisor. Las máscaras que habían adquirido hacía tan solo un año habían quedado obsoletas. Había que comprar otras aún más resistentes.  Se hacía difícil creer que el hombre había podido viajar hasta la luna  pero no podía hacer algo tan simple como una máscara perenne, una que durara toda la vida. Pero como Good Inc tenía crédito de sobra entre la población, pues había salvado a la humanidad el día de la “Caída”, nadie cuestionó su honestidad e implicación, a pesar de que el precio de las máscaras se había cuadriplicado. Como Good Inc era tan solidaria, creó inmediatamente un banco para que  aquellos que no podían pagar la máscara pudieran obtener un crédito para hacerlo. Nadie quería quedarse sin su máscara, aunque algunos, aquellos que no tenían un trabajo estable y no podían por ello aspirar al préstamo,  tuvieron que contentarse con compartir su máscara con otros. Era esta una práctica arriesgada, pero era la única manera de sobrevivir. Mientras uno retenía el aire en sus pulmones, el otro respiraba el oxígeno de la máscara. Si eran sólo dos los que la compartían no suponía un problema. Pero la cuestión se hacía más grave en cuanto aumentaba el número de personas. Había casos en que la máscara era compartida por diez individuos. Y no era rara la vez en que alguien moría por asfixia al contener el aire más tiempo del que sus pulmones le permitían antes de que le llegara su turno.  Con el tiempo la gente se fue acostumbrando a vivir de esa forma. Pero las máscaras fueron aumentando su precio año tras año y la noticia de la máscara definitiva no llegaba. El precio llegó a subir tanto que ya casi nadie podría hacer frente a sus deudas con el banco, y el sistema económico se colapsó. Confiando en la buena fe de las personas, y más en la del presidente de Good Inc, pues era un santo oficial, un ciudadano decidió que era el momento de reunirse con él para encontrar una solución que propiciara la bajada de precios de las máscaras. Tras meses de papeleo y horas enteras escuchando el hilo musical de espera cada vez que llamaba para conseguir audiencia, logró la anhelada entrevista. Al llegar a las instalaciones, y después de ponerse la correspondiente acreditación de visitante en la solapa,  le fueron mostradas las asépticas pero espectaculares instalaciones. Todo era alta tecnología, limpio y salubre como el mejor de los laboratorios.  No escaseaban los científicos haciendo sofisticadas pruebas con líquidos de colores que subían y bajaban en enormes matraces e imposibles probetas. No obstante, entre toda aquella escenografía más propia de un parque de atracciones que de un laboratorio, descubrió en un rincón una puerta medio abierta. Como era humano, la curiosidad movió sus pies hacia ella. La oscuridad estaba moteada por las blancas corneas de decenas de ojos que le miraban. Eran los ojos de niños que con sus manos ensamblaban las partes de que se componían las máscaras. Pero una oportuna mano cerró de golpe la puerta antes de que su cerbero pudiera sacar ninguna conclusión. La visita continuó con toda normalidad hasta que llegaron al despacho del presidente.  El ciudadano se sentó en una cómoda butaca y expuso al presidente los inconvenientes de los altos precios de las máscaras. Éste le contestó, desde su escritorio de marfil con incrustaciones de diamantes,  que era imposible bajar el precio porque el coste de producción era muy alto, pues  tal como había podido ver en la visita, se utilizaba tecnología de última generación. El presidente, no obstante, había pensado, como buen samaritano que era, en el problema y había elaborado una lista de medidas  que los ciudadanos deberían adoptar para poder hacer frente a la situación.  El ciudadano la cogió y la empezó a leer: - punto uno, el trabajador deberá aumentar su jornada laboral de ocho a dieciséis horas e incrementar así sus ingresos para hacer frente a las deudas contraídas con el banco; punto dos, eliminar la jubilación. Nadie que esté vivo debe nunca dejar de trabajar, e incluso puede hacerlo desde su tumba a través de sus hijos y nietos. Otras medidas, suprimir las vacaciones; no gastar en nada que no sea vital para la supervivencia; eliminar la cultura y el ocio en todas sus formas y expresiones, distraen y hacen perder el tiempo…  El ciudadano dejó de leer.  “Mire usted,” le dijo “esto es inadmisible, y como señal de protesta voy a acabar con mi vida aquí, en su despacho, para que los medios de comunicación lo difundan por todo el mundo.” El ciudadano se quitó la máscara y empezó a contar: 27, 28, 29, 30 y…., no ocurrió nada.  “Bien, ahora ya lo sabe” dijo el presidente de Good Inc, “no hay ningún problema con el aire, es cierto… pero ya avisé que quitarse la máscara provocaría la muerte instantánea”. Sacó una pistola de un cajón y disparó a la cabeza del ciudadano, manchando de sangre la alfombra persa que recubría el suelo de la habitación. Allí terminó todo. Esa fue la primera pero también la última vez que alguien cuestionó la santidad de Good Inc. Y todo continuó de la misma forma por los siglos de los siglos.

viernes, 11 de marzo de 2011

PRESENTACIÓN DE AJDA Y LA NOSTALGIA DE JAUME CARRERAS


El próximo martes 15 de marzo se presenta el libro AJDA Y LA NOSTALGIA de Jaume Carreras, que inaugura la colección Ínsulas de la editorial ECI y que ésta acaba de publicar. La presentación tendrá lugar en la Sala Tecla de L'Hospitalet (C/Josep Tarradelles i Joan, 44) a la 19:30. Por supuesto, estáis todos invitados.


viernes, 25 de febrero de 2011

LA FRONTERA. Video-relato

Un relato de Jaume Carreras
Ilustraciones: Daniel Mateo
Voz de Xavi Siles
Música original: Jaume Carreras
Sonido: Marc Solà
Estudio de sonido: Soiart

video

jueves, 17 de febrero de 2011

LA SOMBRA

Relato

Yo nunca he tenido sombra. Aunque parezca extraño el sol no proyecta mi forma, ese contorno que me separa del fondo. Los rayos del sol atraviesan indiferentes mi cuerpo como si éste careciera de la sustancia necesaria como para que mi sombra se defina sobre el cemento.  Al principio no le daba importancia. Pensaba que con el tiempo, si caminaba mucho bajo el sol, acabaría por aparecer, por el mismo efecto de exposición de una película fotográfica. Pero ya, a medio camino de la vida, y a pesar de haber recorrido todas las calles hasta desgastarlas, aún no tengo sombra. A algunos les puede parecer este un hecho sin importancia. Al fin y al cabo, ¿qué función tiene la sombra?  No es una cuestión de funcionalidad, sino de visibilidad. Simplemente, a los que tienen sombra se les ve más porque ocupan más espacio en el mundo.
A veces me siento en un banco del parque a contemplar con envidia las sombras de los demás. Las hay de todas las formas. Incluso  he llegado a ver algunas que mientras sus dueños se ocupan de un asunto, ellas de ocupan de otro. Y entonces especulo sobre cómo sería la mía si la tuviera. Me gustaría tener una de esas sombras finas y alargadas, una de esas capaces de doblar una esquina por sí sola, de una oscuridad densa, para que cuando la pisen no se disuelva. Pero cuanto más se desgasta el asfalto por la erosión que provocan mis pasos, más lo hace también la esperanza.  ¡Hasta los perros tienen sombra!
Últimamente ya sólo salgo de noche, evitando exponerme a la luz de las farolas, para no sentirme diferente. A veces incluso consigo engañar a mi ego cuando al mediodía, justo cuando el sol alcanza su cénit, salgo a caminar entre la gente, para sentir, aunque sea sólo durante un instante, que los demás pueden llegar a ser como yo, esto es, nada. Aunque cuando el sol rompe la vertical, aparezcan de nuevo las sombras, todas menos la mía.
Pero hoy ha ocurrido algo. Al doblar la esquina de una calle cualquiera se me ha pegado una sombra. ¡Cómo es posible! Era una sombra hermosa, no tan alargada como la que había imaginado en mis sueños, pero era lo suficientemente grande como ocupar un buen espacio en la acera. He dado un paso hacia adelante y ella, sin dudarlo, me ha seguido. Orgulloso, he caminado entre la gente, y mientras yo saludaba a los transeúntes con la cabeza erguida por primera vez en mi vida, mi sombra hacía lo propio con las sombras de los demás. Se conoce que es una sombra educada. Mi sombra me ha obedecido en todo, ha hecho  todo lo que le he dicho en todo momento. No obstante, hay algo que me inquieta. A pesar de estar pegada a mí, y de imitar todos mis movimientos, algo me dice que esta no me pertenece. No he querido obsesionarme, pero no acabo de reconocer a mi sombra como a mi prolongación. Me he dicho a mí mismo que debe ser una cuestión de falta de práctica, y que ya me acostumbraré. Incluso he intentado hablar con ella, aunque como es lógico no me ha respondido. ¡Las sombras no hablan! Sin darle más vueltas, he seguido caminando, exhibiéndola por toda la ciudad, para que todas la vieran y pudieran decir “qué sombra tan bonita” Pero cuando ya me disponía a entrar en mi portal  he notado como una mano se posaba en mi hombro. “Disculpe señor“ -me dice un desconocido-,” pero lleva usted mi sombra pegada a su cuerpo. Se me ha caído esta mañana y llevo todo el día buscándola”-. Inmediatamente se la he devuelto con las debidas disculpas. Y así he visto cómo la sombra se alejaba de mí pegada a otro. Debería estar triste, pero no lo estoy. Si digo la verdad, tampoco he sido más feliz mientras tenía sombra. Mi vida era exactamente igual que cuando no la tenía, pero además me he dado cuenta de que cuesta mucho trabajo mantenerla. Hay que alimentarla, mimarla, y estar muy pendiente del ella para que no se borre. ¡Las sombras no viven del aire! Así que he decidió dejar de preocuparme por no tener una sombra para hacerlo por lo que de verdad importa.
Jaume Carreras

domingo, 6 de febrero de 2011

UN CUERPO DE PALABRAS: la democracia vacía

Si me cuerpo está hecho de palabras, no puedo comprar una que rellene el vacío que existe entre una y otra de las que me configuran. Para que una palabra me componga tengo que encontrarla, tirada quizá en las aceras, o que se desprenda de un amanecer, o que caiga mezclada con la lluvia, o que algún desconocido la suelte cuando yo miro hacia otro lado. Las palabras no se compran. Porque nada que se pueda pagar con dinero aumenta ni un gramo el peso de mi felicidad.  Esas palabras son mi casa. Con ellas me muevo, o más bien son ellas las que me mueven a mí, porque por mucho que lo intente, no consigo domesticarlas.  Esas palabras tienen sus reglas. De la misma forma que crearon a los dioses, desarrollaron al tiempo su propia ley.  Y si alguien la traiciona, las palabras se marchan a otro lugar, abandonan  el cuerpo quizá para habitar otro, dejando la carnal arquitectura del hombre sin la piel que le aísla de la mentira. Porque el hombre ignora que las palabras también mueren.  Cuando no se cree en ellas otras ocupan su lugar. Dejamos de ser niños cuando perdemos la inocencia. Dejamos de ser jóvenes cuando perdemos las ilusiones. Dejamos de ser hombres cuando perdemos la dignidad. Cada mentira sustituye a una verdad, como el “miedo” cercena la “libertad”. La democracia está vacía porque las palabras que la definieron en su origen, aquellas que inspiraron tantos poemas bellos, se han marchado a otro lugar. La pregunta ahora es ¿a quién estamos dejando que la llene?

Por Jaume Carreras

domingo, 30 de enero de 2011

LA REALIDAD: sobre la Revolución en el Magreb

La realidad está hecha de todas las realidades posibles.  Cada uno de nosotros vivimos la nuestra, tejida con los hilos que nos une a nuestro entorno más inmediato, un entorno hecho de personas, lugares, mitos,  tradiciones y creencias que permiten nuestra supervivencia individual dentro de una sociedad determinada. Ese espacio tiene zonas comunes, que transitan nuestros vecinos sentimentales: familia, amigos, amantes, compañeros de trabajo, profesores, …, todos aquellos con los que tratamos en nuestra cotidianidad. Esa realidad es valiosa para nosotros, pero es más valiosa aún para los vecinos intrusos que, simulando ser nuestros amigos, intentan ganar, con su lenguaje amable y cercano, ese espacio para ellos. Hablo de gobiernos, confesiones religiosas, corporaciones empresariales, bancos y medios de comunicación, que  entran cada día en nuestro espacio vital para sembrar sus semillas y recoger luego el fruto en forma de votos o pagos con tarjeta de crédito.
Se cumplen ahora todos los requisitos para la gran revolución social: hemos tocado fondo, y esas supraentidades han levantado levemente el pie de nuestros pescuezos, al ver que iban a ahogar a la gallina de los huevos de oro, con promesas de cambio, con la intención de que nuestra realidad se ajuste mejor a la que ellos han pergeñado sin que percibamos el engaño. Pero no nos engañemos. El mundo en el que vivimos no es el mismo en el que vivían los Danton y Robespierre  de la Revolución Francesa o los Lenin de la Revolución contra los zares. Estamos mejor comunicados que nunca, esto es cierto, pero también lo están los gobiernos, que no van a permitir los levantamientos en contra del Orden establecido por ellos, en nombre de esa “Paz Mundial”, que más parece el título de una película de Hollywood que una realidad. Hay algo que está por encima de esa paz, algo sin la cual la paz se convierte en una falacia. Esto es, la justicia. Pero la justicia no cotiza en bolsa.  
Jaume Carreras

martes, 25 de enero de 2011

EN UN LUGAR DE LA MANCHA

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco, y galgo corredor. Había nacido en ese lugar entre las tierras del Norte y las tierras del Sur, el día que la corneja solitaria creaba surcos en el cielo, desplegando sus alas, altiva y orgullosa de su libertad.  Ese día la corneja levitaba desorientada en la inmensidad, lejos del grupo de compañeras que la habían dejado atrás cuando de repente un rayo de sol penetró las espesas nubes para revelarle un espacio donde descansar. Y en esa rudimentaria chimenea que el sol había iluminado se posó a contemplar el agreste paisaje, mientras respiraba el hogareño humo de la chimenea que se mezclaba con las partículas de agua que el viento le arrancaba al río. La chimenea pertenecía a una triste cabaña de madera. Y de esa cabaña, rodeada por la más densa soledad del paisaje manchego, emergió un grito de mujer que detuvo el tiempo. Y después de un breve pero absoluto silencio, el llanto de un recién nacido que contenía el principio vital del ser humano.
En la rivera del río cada día miles de seres veían el sol por primera vez, y otros tantos dejaban de hacerlo. Aquel lugar contenía tanta vida que se desborda, al igual que se desbordan las lágrimas del recién nacido. En aquel niño cada sentido fue despertando del sueño en el que había estado sumergido durante la eternidad que precedía al nacimiento y al que regresaría después de esa breve pausa que es la vida. En ese instante, que abarca la vida un hombre, los sentidos, esas ventanas por las que penetra el mundo, nos permiten experimentar el placer y el sufrimiento. La vida se compone de experiencias que a veces uno no puede comprender. Y aunque ponga todo su empeño en ello permanecen oscuras a la mente. Pero en aquel recién nacido ningún sentido prevalecía sobre los demás. Sentía las cosas en todas sus dimensiones. Todos los sentidos despertaron juntos, lo que le proporcionaría momentos de éxtasis, pero que inexorablemente minaría su cordura. Pues si es grande el placer, aun mayor es el dolor. Y en el dolor las personas enloquecen.
Los primeros años de su vida los pasó conversando con la naturaleza que lo abrazaba. Ella le contaba sus secretos. Y el niño aprendió a apreciar toda la belleza que en ella estaba contenida. Se pasaba horas contemplando el vuelo de las aves, la danza perfecta en la que el elevado ballet ejecuta con sorprendente precisión bellos movimientos que



no han sido ensayados antes. De cada flor aprendió el infinito orden cromático del mundo. Ningún color le fue desde entonces ajeno. Las piedras le mostraban formas imposibles, mientras la música del paisaje penetraba en su oído, como una compleja sinfonía que el viento modulaba a su antojo. Cada árbol se convertía en una caja resonante, y cada grillo aportaba su voz solista a tan sofisticado concierto. Hasta que un día aquel paisaje se desvaneció. Dejó de escuchar aquella música celestial. El río había dejado de fluir, y entendió que también su vida. Alguien había eliminado el paisaje, aquél bello lugar de la Mancha, cuyo nombre desapareció del mapa en un simple parpadeo. Pues ni una cabaña ni un niño podrían existir en el vertedero, aquel monumento ajeno a lo natural erigido por el hombre en nombre del progreso, que en su lugar se había instalado. El niño lo intentó, con sus abultados sentidos quiso comprender aquél lugar, pero aunque se riegue la tierra con delicados perfumes el olor de la podredumbre siempre permanece. Así que aquel niño se borró también del paisaje, y con sus padres se trasladó a otro lugar de la Mancha, que no era ni lugar ni de la Mancha, pues ni tenía paisaje ni se oía la música de los alcornoques. Era la ciudad del metal, en la que los hombres, ciegos todos ellos, se movían al son del tintinear de las monedas. El niño empezó a ir a la escuela, pero nada le contaban sobre los colores de las flores, ni de la vida de los añejos árboles. No se oía el río desde la escuela, por lo que andaba todo el tiempo desorientado. Y cuando la campana tañía, salía en busca de sus anhelados amigos, pero éstos también habían desparecido. Aunque el niño no se rindió y  decidió ir en busca del paisaje perdido. Y con un caballo de cartón, que el mismo construyó con sus  propias manos, salió en busca de aventuras. Navegó por aquellas calles de cemento, a lomos de su acartonado corcel, con una épica exaltada y sus ojos puestos en el horizonte. Pero nadie que a su paso encontraba fue capaz siquiera de dedicarle una triste mirada. Tan solo un perro sarnoso que hurgaba en la basura con la ilusión que el estómago crea, se encaprichó del niño y lo siguió cual fiel compañero hasta los confines de aquella inhumana ciudad. Desde allí, aquel joven hidalgo contempló unos segundos cómo el sol era engullido por las altas chimeneas que en nada se parecían a la de su cabaña. Así, sin apenas esperanza, el niño deshizo el camino que hasta allí le había llevado, acompañado, eso sí, de su canino amigo. Al doblar la



esquina, y con las esperanzas renovadas por la inquietud de saber lo que al otro lado podría hallar, otros niños, algo mayores lo detuvieron. No entendieron la poética imagen que ante ellos se presentaba, y lanzaron al niño al suelo. Cogieron el caballo y le dieron una paliza ante la atemorizada mirada de su perro, que salió con el rabo entre las piernas antes de ver el final de la escena. Sin perro y sin caballo, y con una pierna rota, se arrastró como pudo por el lodazal que una intensa lluvia había formado en un instante, mientras intentaba recordar quién era. Al doblar la esquina se encontró con su corcel, roto en cuatro cuartos. Pero ni rastro del perro. Se encaminó a su casa como pudo, agarrándose a las paredes y casi a tientas por la ceguera que le causaba el hinchazón del ojo. Pero el niño no se rindió. Volvió a construir un caballo exactamente igual al anterior, y salió, esta vez lanza en mano, con el propósito de conquistar, esta vez sí, aquel indómito lugar. Recorrió de nuevo la ciudad hasta que se encontró con un sonriente hombre. Este le preguntó amablemente  hacia donde se dirigía con tanta prestancia y decisión, y el niño le contó su historia. El hombre le contó que él sabía dónde se hallaba aquel lugar de la Mancha y el niño le siguió con el pecho henchido y con el recobrado brillo en sus ojos. Pero aquel hombre lo llevó hasta un callejón, lejos de la luz y de lo humano, y lo sometió a su lascivo e ignominiosos ímpetu. Tendido en el suelo, sus lágrimas mezcladas con la vergüenza anegaron el callejón, creando riachuelos de dolor que se filtraron por la alcantarilla. Años pasaron hasta que el niño volviera a pisar la calle. Abandonado el caballo y la lanza, se deshizo de la esperanza. Hasta que un día, más por azar que por voluntad, salió al rellano de su casa. Y a sus espaldas oyó un angelical susurro. Se dio la vuelta y vio algo que sobresaltó su corazón. Nunca antes había contemplado tanta belleza concentrada en tan poco espacio. Y en ese momento su mente rescató aquél lugar de la Mancha cuya imagen parecía ya borrado del recuerdo. Frente a él, una mujer. Olía a las rosas de su infancia, y en su pelo se hallaba toda la gama de colores de los campos pretéritos. El paisaje infantil se había mudado a su edificio y tenía forma de mujer. Cuando ya la esperanza se encontraba perdida, y la naturaleza parecía un sueño lejano, aquél niño, que hacia tiempo había dejado de serlo, le dio otra oportunidad a la vida. Y aquél hermoso día, de rutilante luz y cielo despejado, una corneja se posó en su tejado. Había vuelto a su hogar.

De Jaume Carreras